
Ese día despertó un poco más temprano, el café no estaba listo, no podía percibir su aroma y sin embargo aún sentía su presencia en cada rincón de la casa. Le dolía su partida.
Nunca imaginó que detrás de aquella sonrisa y muestras de afecto se encontraba un alma atormentada. ¿Por qué lo hiciste?, se repetía una y otra vez. Se resistía a entender sus causas, le pesaban sus culpas y le costaba dejarla ir.
Y ahora le dolía pensar en ella, en la decisión que tomó al acabar con su vida, pero sabía que debía dejarla ir. Sin arrepentimientos, miedos o culpas debía encontrar la manera de liberarla al fin.
El dejaría ir sus lamentos y la recordaría en cada brisa fresca del otoño, en cada hoja que se cae y se eleva con el viento. Liberaría el dolor de sus pensamientos y disfrutaría verla traspasar el tiempo para sanar heridas, escalar las montañas más altas y navegar a través de los cielos carmesíes.
Esa noche al caer la lluvia la dejaría descansar en paz.
Y la noche llegó:
— Papá, ¿Mamá aún está de viaje?
— No hijo.
Y comenzó a caer la lluvia;