Gadea

A veces al despertar se me olvida que han pasado muchos años. Es un viaje en el tiempo, me desconecto y me levanto de un salto. Regresar duele y mis huesos lo sienten, ellos hacen que recuerde en qué año y lugar de mi vida me encuentro ahora.

— Holaaa Doña Gadea—me dijo la conserje con una gran sonrisa.
— Hola, Buen Día—le respondí, mientras extendía mi brazo para obsequiarle mi presente del día.
— Gracias Doña Gadea, que le vaya bien—dijo muy animada, mientras guardaba con gusto las frutas de temporada que le entregué.

Salí un poco apresurada, no sentí vergüenza al no recordar el nombre de la conserje. Lo que si era imposible de olvidar, era el sabor extraño del membrillo. Muy diferente a las guayabitas sabaneras de mi país natal. Respiré profundo y seguí mi camino, envuelta en el dulce aroma de una lejana experiencia.

Me incomodaba apartar las hojas de los árboles que caían a mi pasar, del otro lado de la calle, me distraía viendo a los niños jugar con ellas, en lo que parecía ser una especie de danza ancestral. El dolor en mis articulaciones me hacía retomar mi camino.

Solo podía escuchar el sonido de la brisa fría que anunciaba un nuevo cambio de estación, pero de pronto empezaron a ladrar todos los perros de la calle. Era extraño porque no escuchaba ningún sonido de sirenas de bomberos o cualquier otro ruido que pudiese alterarlos.

Delante de mi, a pocos pasos, pude ver a una señora mayor con su columna muy doblada que a duras penas podía caminar bien. Se notaba el esfuerzo que hacía para dar cada paso.

Al pasar por su lado, me estremecí al ver que uno de los perros se escapó de las casas, y me asusté, me asusté mucho. Cuando pensaba que ya mi miedo se había disipado, me encontré con el rostro de aquella señora.

Nunca en toda mi vida había visto una mirada con tanto odio acumulado. No sé cuánto tiempo pasó, me parecía eterno ese encuentro. Puedo asegurar que vi sangrar sus ojos y seguí. A mis espaldas podía sentir aún aquella extraña energía que me gritaba:

— ¡REGRÉSATE A TU PAÍS EXTRANJERA!, ya no soportamos a uno más de ustedes aquí.
No entendía porque me decía tantas cosas, pero si comprendí el ladrar y la alteración de los perros a su pasar.

Cuando estaba por llegar a mi destino, justo en la esquina, hubo una situación que me hizo disminuir el paso. Una joven que vendía panecillos le estaba obsequiando a otro vendedor ambulante de caramelos un plato de comida. Se notaba que tenía días sin comer.

Ella le preguntaba si tomaba café, mientras él un poco apenado le respondía que no, y le entregaba un caramelo.

Ambos hablaban idiomas distintos, no se entendían con palabras pero si con gestos. Respiré hondo y con una sonrisa continué mi camino. No he vuelto a escuchar a los perros ladrar y tampoco he visto ojos llenos de sangre.

Deja un comentario