
Mientras su sangre tiñe de rojo el volante al girar. Bruscamente salta y esquiva una nueva zanja. Puede escuchar el llanto de su hijo menor en el asiento trasero pero con cada kilómetro recorrido parece disminuir.
Ella no ve la oscuridad que la envuelve. Está concentrada en la luz del camino. Y se mueve, se mueve lo más rápido que puede. No siente los vidrios rotos clavados en sus manos, no puede ver los moretones a través del retrovisor.
Le queda muy poco tiempo para borrar las huellas y volver. Debe volver porque lo necesita para vivir. Los niños necesitan un padre a su lado. No puede imaginarse la vida sin él, y aún así necesita alejarse un tiempo para sanar.
Ellos no escuchan los gritos. Los dulces y golosinas les hacen olvidar las pesadillas, el agua que brota de sus ojos se encargará de limpiar cualquier rastro de alma herida.
¿Acaso algún día dejará de esquivar zanjas?. El agua parece arrastrar el dolor, pero no se lleva los recuerdos. Estos se clavan en su mente y la acuchillan desde adentro.
¡Luzy despierta!, Luzy abre los ojos, se dice a ella misma, mientras pisa el acelerador. Lo pisa lo más fuerte que puede y su cuerpo siente ganas de vomitar. El sabor a metal la hace retener aquella fuerza nauseabunda que quiere salir de sus entrañas. Y no logra salir.
Una señal de parada y baja del auto. Ya no quedan obstáculos en su camino, ha encontrado una fortaleza para escuchar el silencio. Dos camas y una máquina de café, es todo lo que puede ver al cerrar la puerta.
El ruido de las sirenas la aturde, pero se siente bien estar allí. Ellos no escuchan sus gritos, se los ha tragado.
Ella no volverá, lo sabe al mirar su reflejo en la ventana.