
Mi nombre es Paolina Rocca, un nombre algo exótico para alguien que nació en un pueblo llamado Upata. Casi nadie lo sabe, pero detrás de cada nombre se encuentra un significado que nos da algún sentido de pertenencia, son hechos que van más allá de las letras que lo conforman.
Tengo 40 años y mientras acompaño a mi hijo a realizar sus actividades diarias, allí sentada en la pequeña silla puedo escuchar el sonido de los niños al salir de sus escuelas.
Me asomo en la ventana y de pronto, de pronto…
— ¡Paolina!, ¿Puedes por favor responder a la pregunta? — dijo la maestra un poco molesta desde su escritorio.
— Upata significa flor del campo maestra, respondí un poco apenada mientras sentía mis orejas calentarse.
En ese momento tenía 8 años de edad y aunque mi mente era una esponja para absorber nuevos conocimientos, solo quería saber una cosa. ¿Qué había adentro de la casa embrujada?.
Esperaba con ansias salir al receso y poder ir con mis amigas a descifrar los misterios de esa fea casa. Todos los días, desde que supe de su existencia, nos sentábamos y empezábamos a planear nuestra gran entrada, en medio de las historias que en vez de aterrarnos nos alentaban a descifrar el motivo de estar allí.
La casa quedaba a pocos metros de la escuela, luego de un terreno abandonado que según los cuentos de la abuela antiguamente era un cementerio de indios. Bastaba seguir el rastro de las velas derretidas para llegar a la entrada de lo que parecía ser la puerta, situación extraña para un lugar donde la brisa soplaba con tanta fuerza que te hacía estremecer las mejillas.
Aquella casa no tenía cercado alguno, más que unas feas y secas enredaderas que formaban una especie de arco oscuro y tenebroso a su alrededor.
Era imposible observar a través de sus ventanas desde el exterior, pero si te acercabas lo suficiente podías sentir la energía emanada por las siluetas que desde adentro parecían acechar a sus presas.
Al fin llegó el día pautado para confirmar las sospechas de la abuela. Entre sus historias se creía que aquella casa abandonada antiguamente pertenecía a una mujer solitaria que ante la imposibilidad de concebir, hacía rituales de brujería para engendrar hijos. Una noche, murió quemada en medio del fuego generado por las velas. Desde ese fatídico suceso la casa nunca pudo ser habitada nuevamente, o por lo menos eso creían.
El día que decidí entrar en esa casa, muy por el contrario de lo que la gente piensa, no era un día lluvioso con relámpagos y tonalidades oscuras. En ese día en específico, el sol mostraba su mayor esplendor, en vez de velas derretidas seguí el rastro de hermosas flores amarillas hasta llegar a lo que pensaba era una puerta detrás de una enredadera, y de pronto, de pronto.
Allí me encontré detrás de la ventana, escuchando a lo lejos el susurro de niños a mi alrededor, seguido del sonido de los vidrios rotos, mi piel quemándome, gritos de auxilio en medio del dolor y la impotencia de poder salir algún día.