Búsqueda

Mientras caminaba por esa ruidosa y calurosa calle, venían a mi mente, cada una de las marcas de camas anotadas en esa pequeña hoja. Era una lista pequeña, y aunque me la sabía de memoria, siempre me gustaba esa sensación de mis ojos al recorrer las letras en el papel.

Primeros pasos, era el nombre de la primera de ellas: ni demasiada pequeña ni muy grande para una niña que se encontraba en pleno crecimiento. Era inevitable no disfrutar la sonrisa dibujada en mi rostro al recordarla. Y por unos minutos tuve que pausar el recuerdo para esquivar a un grupo de niños que dando saltos acababan de salir del colegio en modo de carrera.

La sonrisa volvió a dibujarse y pude recordar el día en que mi madre me adorno mi primera cama con una sábana hecha de retazos de tela. Tenía muchos cuadros de colores y formas. Me despertaba con una audición de muñecas miniaturas que adornaban las paredes y entre saltos, brincos y volteretas, tuve unas cuantas caídas.

No todas fueron buenas noches. Estando en ella, me enfrenté a mis primeras pesadillas y a la mirada incomoda de mis padres cada vez que involuntariamente mojaba las sábanas. El colchón terminaba en posición de saludo al sol, y eso si teníamos suerte de tener un día despejado.

Nuevamente tuve que interrumpir el recuerdo porque el sol estaba demasiado inclemente y además de acelerar mi paso, tenía en la mira, un lugar cómodo para sentarme y reponer energías. Antes de hacerlo, casi me tropiezo con una joven pareja que venían tan concentrados en ellos mismos, que no se dieron cuenta de mis maniobras para no pisarlos.

Cuando al fin alcancé a sentarme, agarré nuevamente la lista entre mis manos, la segunda marca de cama anotada era Nubes. En ella aprendí a contemplarme desde mi propio espacio, todo a mi alrededor parecía girar en torno a mí.

Ya no tenía espacio para saltar ni dar brincos porque me encontraba arriba en una litera. Tampoco había una sábana de cuadros de colores para arroparme y la audición de muñecas miniaturas fueron reemplazadas por un viejo oso que me servía de almohada.

Pase de tener pesadillas a escuchar las de mis hermanos en mi habitación. Y de vez en cuando, hacia bolas con mis calcetines para arrojarlos desde arriba si los escuchaba roncar. Con Nubes me sentía más cerca del techo y con mis pies un poco más alejados del piso.

Con el tiempo y a medida que mis hermanos crecían, Nubes se convirtió en una cama más cerca del piso. Tuve que reemplazarla, por una un poco más grande y resistente. A prueba del tamaño de los pensamientos que estaban por venir.

Antes de leer la última marca de cama que tenia en mi lista, me levanté recargada y llena de energía. Le agradecí a ese viejo pero cómodo tronco que me sirvió de asiento y miré ese último nombre en el papel: Paraíso, así se llamaba.

El día que Paraíso llegó a mi vida, nunca me imaginé, que cuatros años más tarde pasaría a compartirla con alguien más. No era lo suficientemente grande para dos personas, pero ambos parecíamos fusionarnos en ella, y esa cercanía nos gustaba. Pero el tiempo pasa y Paraíso no soporta el peso de más de dos personas.

Sin darme cuenta y con un profundo suspiro, me encontré de pronto frente a la tienda. Con una mano acaricié mi vientre y me emocionó sentir su presencia, con la otra arrugué el papel y lo arrojé a la basura.

Me encontraba delante de una nueva vida, y no necesitaba una lista para empezar.

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