
Le gustaba salir y tomar el receso. Todo su cuerpo estaba alineado para sentir esa hora. Las 9:30 a.m. Números que fueron transformados en letras por Helena, ahora le pertenecían.
Era su dueña e inevitablemente lo hacía olvidar su entorno.
Caminaba despacio, casi en cámara lenta, con pisadas de gato. No veía el árbol que con su sombra le acariciaba la piel. Le resplandecía el ser, pero no lo notaba. La veía a ella, solo a ella.
El calor del sol lo llevaba dentro y le traspasaba las mejillas. No estaban solos pero se sentían únicos en ese mundo. Lentamente sus latidos comenzaron a sincronizarse con su respiración.
Helena continuaba sentada en aquel banco y lo miraba. Él saludaba a todos pero solo podía fijar su mente en ella.
Se acercó y al levantarse. En ese momento sintió que había aprobado con honores todas las materias de ese último año escolar: La física, la química, deporte, biología, lenguaje, matemática y la misma historia hallaron explicación al rozar intencionalmente aquellos labios.
Los latidos de sus corazones explotaron, se quemaron hasta desvanecerse y encontrarse nuevamente a la hora sin números del siguiente día.