Dos

La Perla era el lugar perfecto para vivir. Tenía una de las mejores playas de la región costera y la calidez de su gente era una invitación a quedarse. Para una persona como Ana que amaba la naturaleza y la belleza existente en las cosas simples, el vivir cerca del mar y escuchar las olas romperse al despertar, era todo lo que necesitaba para sentirse plena.

Trabajó durante diez largos años sin descanso hasta reunir lo suficiente para comprarse un lujoso departamento en el centro de los gigantes de cemento: Las llamadas Torres Centrales de Providencia. Diez años de su vida para dejarlo todo e irse a vivir a la anhelada Perla.

Su nuevo hogar, frente a la playa era mucho más pequeño que aquel lujoso departamento ubicado en uno de los sitios más cotizados de la gran Ciudad de Providencia, pero allí se sentía ella de verdad.

Ana había decidido colocar en alquiler una de sus habitaciones para ayudarse con los gastos.
Aún no tenía un empleo estable y le parecía una buena manera de solventar la situación mientras lograba estabilizarse.

La mayoría de las personas en La Perla eran bastante amigables pero Ana sabía que no sería fácil convivir con un extraño. Estaba acostumbrada a vivir sola.

Helena, su nueva compañera de hogar, era una mujer que por alguna extraña razón no aparentaba cuarenta años. Quizás en la percepción mental de Ana, a sus casi treinta años, esta situación le incomodaba un poco pero a la vez le agradaba sentirse contemporánea.

Los primeros días de convivencia juntas bajo un mismo techo, todo marchaba bien pero al cumplir dos semanas, Ana comenzó a notar un extraño comportamiento en Helena: Sentía fascinación por lavar los platos y esa era una actividad que ella odiaba.

Para Ana no existía una cosa peor en el mundo que lavar platos. Era tanta su aversión a realizar aquella actividad que no compraba platos ni ollas. Toda la comida la pedia por encargo y de esta manera nunca lavaba un solo plato. Para Helena era distinto.

Desde su escritorio, Ana simulaba leer un libro y observaba a Helena mientras repetía ese proceso una y otra vez. Sus gestos mientras limpiaba cada plato, olla y cubierto eran de total satisfacción y felicidad. El asunto dejó de ser algo cotidiano a volverse enfermizo. Ana no podía sacarse la imagen y sonidos de Helena lavando platos constantemente.

El día que Ana se decidió a comunicarle a Helena que no renovaría el contrato de arrendamiento por motivos personales que la estaban afectando mentalmente. Ese día misteriosamente Helena no estaba por ningún lado. Tampoco atendía las llamadas a su teléfono celular.

Ana miró con angustia y desesperación sus manos aún mojadas por aquel lavalozas concentrado. Los platos, ollas y cubiertos estaban limpios. Recordó que odiaba lavar platos porque su mamá la torturaba mientras la hacía repetir esa actividad constantemente.

Sintió vergüenza de ella misma y pena por haber alejado a su amiga Helena de su vida nuevamente.

Su doctor le había explicado lo de su trastorno de identidad disociativo y ella sabía que Helena no estaría allí para siempre. Ahora lo tenía todo más claro.

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