Desafío de escritura: Juegos del tiempo en la literatura fantástica.

Este desafío está inspirado en las obras de dos maestros de la literatura fantástica: Julio Cortázar y Jorge Luis Borges. Ambas mentes creativas han manipulado la estructura temporal en sus narrativas, creando mundos donde el tiempo no es lineal. Atrévete a jugar con el concepto del tiempo y escribe un relato corto en el que el tiempo sea un elemento central, un protagonista con vida propia. Piensa en los siguientes cuentos, y si no has tenido la oportunidad de leerlos, es el momento: La noche boca arriba, Casa Tomada, El jardín de senderos que se bifurcan o el Aleph ¡Manipula el tiempo a tu antojo y diviértete en el proceso!.

La puerta por Zeuxis Villalba. Cuento inspirado en Clases de Literatura de Julio Cortázar Berkeley,1980

Desafío de escritura: Destellos que entibian almas

Bradbury escribió en su libro Zen en el arte de escribir que podemos aprender de todo hombre, mujer o niño a nuestro alrededor cuando, conmovidos y emocionados, cuentan algo que hoy, ayer o algún otro día los despertó al amor o al odio. Dice también que en algún momento, después de chisporrotear húmedamente, la mecha destella y empiezan los fuegos artificiales.

Y esto no era el desafío que quería escribir, pero al leer a este brillante escritor se me encendió la mecha y fue inevitable.

Elige a esa persona, encuentra ese momento de amor o de odio y escribe una historia que nos haga ver fuegos artificiales. ¡Entibia almas a través de las letras!

Ojos de atardecer por Zeuxis Villalba

Vivir

¿Cuál es tu prioridad mañana?

—¿Quién es el niño en la fotografía papá?

Ese día me levanté temprano, no fue necesario mirar a través de las ventanas para percatarme que era un día lluvioso de mediados de invierno. El pronóstico del tiempo en el día anterior, se había encargado de recordármelo, pero no estaba acostumbrado a los días nublados y los tonos grises.

Hacia mucho frío, mi nariz y los dedos de mis manos se encargaban de recordármelo a cada segundo, ya habían transcurrido más de dos horas desde que tomé la iniciativa de activar la calefacción y todo seguía frío en la casa.

Sabía que debía darle tiempo pero me desesperaba el frío. A veces olvidaba lo afortunado que era al tener este tipo de dispositivos. Gracias a ellos tenía la libertad de caminar sin tantas capas de ropa encima. Ya no me sentía como un oso polar por lo menos, solo debía esperar unas pocas horas y listo. La paciencia era una de mis mejores virtudes.

A mi esposa y a mí se nos había olvidado esa extraña y añorada sensación de levantarnos tarde un domingo nublado. Cuando se tiene una personita de seis años recién cumplidos y con una fuente inagotable de energía no existe ningún espacio o motivo para levantarse un poco más tarde de lo acostumbrado. ¡Las prioridades cambian!. Nuestro hijo era un torbellino infinito de preguntas e incógnitas esperando por respuestas.

En respuesta a su pregunta:

—Ese Niño en la fotografía soy yo hijo mío.

—Si papá, yo sé quién eres tú en la foto. Yo me refiero al niño que va adelante, ese que no tiene zapatos y va ganando la competencia. El de la mirada de puma—me contestó, mientras abría un poco más de lo normal sus grandes ojos color café.

En ese instante lo supe. Sabía que, en algún momento de mi existencia, aquella pequeña criatura de mirada curiosa y mente desbordante me realizaría esa pregunta, y es que, era inevitable ver la foto y omitir esa interrogante. La foto estaba colocada allí para recordarme muchas cosas importantes y necesarias a lo largo de mi vida.

El nombre de aquel niño era Amal. Cuando yo tenía ocho años, uno de los eventos más importantes y esperados en mi escuela era la competición anual de ciclismo de los Altos de Khar. Así era el nombre del pueblo donde me crié y donde tuve la dicha de conocer a tu madre.

Los Altos de Khar era un pueblo pintoresco que tenía todo lo necesario para vivir en armonía. Tenía una gran escuela, hospitales cercanos y las mejores pastelerías de la zona. Sin embargo, entre sus habitantes era inevitable no percibir la gran diferencia de condiciones socioeconómicas. Era algo muy parecido al clima del desierto, durante el día las temperaturas sobrepasaban los límites soportables de calor y cuando llegaba la noche la temperatura descendía a límites inferiores. Eran extremos y ambos ocurrían en un mismo espacio.

La Competición anual de ciclismo era una gran oportunidad para que muchos niños del pueblo, desprovistos de los recursos económicos necesarios, mostraran sus habilidades sin importar sus condiciones, el reglamento permitía la participación libre y a su vez fomentaba la inclusión de todos los niños. En ese entonces, yo era un pequeño afortunado. Mis padres tenían muchas posibilidades económicas, y además del adecuado amor, nunca me llegó a faltar nada.

Pertenecía a ese grupo de niños que tenían la capacidad de asistir a su escuela con todos los útiles escolares requeridos, una adecuada alimentación para satisfacer mis necesidades nutricionales y un uniforme nuevo y limpio. Sin embargo, en mi propia escuela era testigo de otras realidades. Y reconozco que no preste la debida atención a ellas en un principio: No todos mis compañeros de estudio tenían las mismas oportunidades.

Habían niños que no tenían a su madre, otros no tenían un padre a su lado, y estaban aquellos a los cuales la vida les había arrebatado sin intención aparente, a su madre y padre. Estaban en este mundo prácticamente solos, y a pesar de todo, se levantaban bien temprano día a día, sin ningún tipo de quejas, superando obstáculos y encontrando el final del camino.

Un camino que en la mayoría de los casos estaba lleno de escombros y piedras de diferentes tamaños. Ellos se encargaban de apartarlas una a una, derribar muros e ignorar miradas y palabras indeseadas. Para otros llegar al final de ese camino era muy fácil, para ellos costaba un poco más pero valía la pena hacerlo.

Amal era uno de esos niños y debido a su situación, la mayoría de las veces era motivo de burlas de parte de sus compañeros más cercanos y otras personas un poco mayores. Al parecer no estaban en la capacidad de entender las razones de lo que sus ojos veían.

—¿Y por qué no le preguntaban las razones a sus padres?—me preguntó mi pequeño hijo.

—En mi caso preguntaba las razones y afortunadamente heredaste eso de mi. Me gusta ver en tus ojos esa capacidad—le respondí alegremente.

Mi hijo siempre tenía esa curiosidad por las cosas a su alrededor, se podía percibir eso en cada uno de sus movimientos y forma de actuar, era algo que no podía evitar e inmediatamente al responderle su pregunta, salió corriendo rápidamente al baño para mirar sus ojos en el espejo. Luego regresó apresuradamente para decirme que la forma de sus ojos era igual a la mía pero su color no. Mis ojos eran de color verde y los de él café.

Luego de explicarle que nuestros rasgos físicos no definen nuestras cualidades internas, le seguí contando la historia de aquel niño llamado Amal: Mi antiguo compañero de estudio.

A pesar de vivir muy lejos de la escuela, Amal siempre era uno de los primeros en llegar. Tenía un gran impulso y determinación que lo hacía destacarse a donde fuera, y en numerosas ocasiones al mirarlo a los ojos, la gente olvidaba el aspecto de sus ropas y su cabello descuidado.

Todos tenemos en nuestras vidas algo que nos apasiona y nos motiva a seguir adelante, a veces tardamos en darnos cuenta cuál es esa fuerza que nos impulsa a seguir. Amal lo tenía claro, el amaba manejar su bicicleta. Con trabajo duro y muchos sacrificios había reunido para comprarse su propia bicicleta y estaba decidido a participar en la competencia.

El día de la competencia el sol estaba en su punto más alto, era casi imposible mirar al frente y no achicar tus ojos para minimizar el impacto de los rayos solares. El solo recuerdo de ese día me hace sentir calor y olvidar el frío que estoy sintiendo en estos momentos. Me provoca quedarme unos segundos más en esa montaña.

Mis padres eran muy minuciosos con las protecciones y equipos de seguridad. Desde el casco hasta la punta de los pies era casi imposible salir lastimado en caso de una caída inesperada. Me gustaba manejar bicicleta, pero no era mi pasión, no sentía que mi corazón latiera más fuerte al montar mi nueva bicicleta, mis pies no tenían el impulso necesario para cruzar airoso la meta.

Uno a uno mis compañeros fueron llegando, de no haber sido por mis lentes era muy difícil distinguir el uno del otro. Ese día Amal tardo un poco, nadie estaba preparado para verlo llegar de esa manera. Estábamos acostumbrados a verlo llegar siempre de primero a la escuela y se esperaba lo mismo en la competencia.

De pronto, todos se quedaron en silencio. Amal apareció con su vieja bicicleta y sin ningún tipo de protección, no tenía un casco para cubrir su cabeza, ni la ropa adecuada y peor aún no tenía zapatos. Su sola presencia fue motivo de burlas y risas por parte de la mayoría de sus compañeros. Debo confesar que a pesar de no compartir ese tipo de burlas ni ser partícipe de las habladurías y juicios insanos de la gente, su presencia me impactó.

En algún momento pensé en buscarle unos zapatos, al menos para evitar dañar sus pies al comenzar, pero no había tiempo para eso, la competencia estaba por comenzar. Todos se ubicaron de acuerdo a sus posiciones, a la espera de la señal. Y entonces todo comenzó.

A pesar de no ser una de mis pasiones, podía sentir la adrenalina en mi cuerpo en cada pedaleó, era uno de los primeros y sentí que podía ganar. Había recibido el entrenamiento adecuado durante años y mi bicicleta era una de las mejores para facilitarme el camino. Nada podía detenerme, podía sentir la victoria a pocos metros. Eso pensaba.

Los segundos se convirtieron en minutos y entonces el mismo silencio que antes había presenciado volvió a sentirse. Era curioso como podía escuchar el ruido del silencio en mis oídos. Escuché su respiración, vi su sudor caer y muy abajo sus pies descalzos ardiendo con la fuerza de un motor. Era Amal.

Todos quedaron mudos viéndolo liderar el camino. Era asombroso verlo marcar las ruedas a su pasar, en ese momento y en muchos otros a lo largo de su vida no importaban los malos juicios hacia su persona y forma de vivir. La determinación se encargaba de cerrar bocas y oídos.

Ese día Amal ganó la carrera y no solo eso. Desde ese día se ganó el respeto y admiración de todos en el pueblo. Esa foto que tengo, fue tomada por mi padre y estoy seguro que aún sigue recorriendo el mundo.

—Waooo, ¿Mira sus ojos papá?.

—Si hijo mío. En ese momento no pude verlos directamente, pero es la misma fuerza que tenía al llegar cada día al salón de clases.

Amal ganó merecidamente ese día y recibió el apoyo de muchas personas. Con el tiempo se convirtió en un gran corredor de carreras a nivel mundial. Su determinación y trabajo duro lo catapultó a los primeros lugares. Con el dinero obtenido y los múltiples beneficios de sus victorias hoy es un importante miembro de una fundación dedicada a prestar la ayuda y apoyo necesario a niños que al igual que él, nunca han desviado su mirada de sus prioridades y objetivos de vida.

Gracias papá por contarme la historia de Amal y su recorrido antes de llegar a la meta.

Gracias a ti hijo por escucharme.

La casa al fin estaba caliente, se podía sentir una temperatura agradable y al abrir las cortinas se podía apreciar como los tonos grises comenzaban a despejarse con la presencia del sol.

Cada vez que siento, que por alguna razón tuve un mal día, miro la foto y recuerdo la mirada de mi viejo compañero. Es un gran ejemplo para seguir adelante.

Semillas

¿De qué maneras el trabajo duro hace que te sientas realizado?

Guama, también llamada guaba, pepeto o inga. Todo comenzó aquel día en que mi madre me dio una cesta llena de esta deliciosa fruta para que la vendiera a mis amigos en la escuela.

En aquel entonces tenía ocho años recién cumplidos, éramos muy pobres y en medio de nuestra pobreza estábamos acostumbrados a nunca detenernos, a seguir y mirar al frente.

Nunca me avergoncé de mi familia, al contrario de lo que otros pensaban. Mi mamá era una de esas mujeres que se acostaba bien tarde para asegurarse de que estuviésemos al nivel de nuestras asignaciones escolares. Ella además de acostarse tarde asegurándose de que todo estuviese en orden, era la primera en levantarse.

En mi casa teníamos un sembradío, atrás en el fondo, con una variedad de frutas como la guanábana, guayabas, naranjas, limones y guamas. Estas últimas eran mi fruta preferida y mi madre siempre me decía que llevase para el colegio y vendiera unas cuantas. Con el dinero obtenido me compraría unos zapatos.

Mi nombre es Iyali, el menor de tres hermanos y según mi mamá, era el mayor por el tamaño de mi corazón. En mi colegio me decían el indio, tenían una clara satisfacción en poner sobrenombres para dejar en evidencia sus carencias emocionales. La verdad nunca me sentí molesto, al contrario y muy diferente a lo que ellos querían, me sentía orgulloso de mis raíces, y sentía un poco de compasión por ellos. Es que debe ser muy duro y triste pretender ser parte de un origen que no existe.

Eran tiempos difíciles en el país donde nos encontrábamos, aunque nadie parecía prestar atención, los productos comenzaban a desaparecer. La situación no nos afectaba porque sabíamos como garantizar nuestro alimento independientemente de las circunstancias. Desde muy temprano y a pesar de mi corta edad recuerdo a mi padre conversar conmigo y explicarme en nuestro idioma natal, la importancia de cultivar nuestras tierras.

Siempre me decía que la tierra tiene tesoros ocultos, que al descubrirlos y cultivarlos desde la bondad de nuestro corazón seríamos muy afortunados. De esta manera crecí, aprendiendo a valorar las riquezas de nuestro suelo y afortunadamente teníamos una tierra agraciada, dispuesta a dejar crecer muchas semillas en su interior y entregarnos su fruto.

Recuerdo con claridad una vez que sin sembrar ninguna semilla, un día de entre los escombros de una construcción salió una hermosa planta. Era una planta de tomate y llegué a probar tres cargas completas de jugosos tomates. Al parecer mi madre se había lavado las manos mientras cocinaba en el fogón y sin querer una semilla salió volando de su mano. La tierra era tan fértil y bondadosa con cada uno de nosotros que hasta en medio de los escombros nos daba fruto.

Otras veces de macetas en la ventana de la cocina crecían plantas desconocidas para nosotros y nos enterábamos de su nombre al ver la flor y el fruto salir. Eran sorpresas que nos regalaba la naturaleza y siempre era un gran motivo para agradecer.

Lamentablemente mi padre falleció cuando tenía 7 años, pero nunca olvidé las enseñanzas que me dejó. Puede que mi aspecto significará para la mayoría de mis compañeros carencias materiales pero más allá de eso, estábamos concentrados en preparar nuestras bases. El tiempo se encargaría de darme la razón.

El día que mi mamá con tanto cariño me ofreció las mejores guamas para llevarlas a mi colegio y venderlas, ese día no quise arruinarle la emoción. Tomé la cesta de guamas y antes de salir al colegio, me despedí con un gran abrazo. No tenía caso en ese momento explicarle que los niños de mi colegio a veces se comportan de una manera cruel, ya era suficiente con el esfuerzo que ella hacía cada día para que a pesar de nuestra procedencia, fuéramos aceptados en el sistema educativo de un país totalmente diferente al nuestro.

Para llegar al colegio pasito de colores del cual formaba parte, debía caminar un poco más de un kilómetro, era un camino un poco difícil y casi siempre llegaba sucio, a pesar de que mi madre se encargaba de dejar muy limpio mi uniforme. Cuando ella no tenía tiempo yo lo hacía. Nunca tuve problemas en colaborar con ella en el hogar. Sabía que hacía muchas cosas porque la observaba mientras parecía un pulpo.

Era increíble verla e imposible tratar de hacer sus funciones con la misma destreza. Yo, a diferencia de mis compañeros no tenía un padre que le hiciera relevo a mi madre en sus actividades diarias, tampoco tenía la posibilidad de encontrar un transporte escolar o de otra índole para llegar a mi colegio.Por esta y otras razones, debía encontrar los medios para llegar por mi mismo.

Cuando uno es niño, es difícil que otros niños entiendan a qué se debe el estado de tu vestimenta o la forma de hablar diferente. Para mi no era tan difícil porque mi madre siempre me explicaba situaciones que me hacían entender. Eran explicaciones tan sencillas pero tan claras que no necesitaba aclaratorias.

Luego de atravesar varios charcos porque ese día casualmente el sol no me acompañaba pero la lluvia no me quizo abandonar, llegué a pasito de colores. Ya estaba acostumbrado a las miradas de mis profesoras, ellas veían a través de mi calzado lo que querían descifrar en ese momento, pero con el tiempo había aprendido a interpretar aquello que enseñaban los ojos y el arco de la ceja. Era lo único que quedaba en las caras, lo demás permanecía oculto la mayor parte del tiempo debajo de la incómoda pero necesaria mascarilla.

Llegó la hora del receso, ese recreo donde todos salían al patio y tenían la oportunidad durante un par de minutos, de compartir algo más allá que las actividades académicas realizadas dentro del aula de clases.

— ¿Qué traes allí Indio?—me preguntó uno de mis compañeros. Alfonso era su nombre, mientras trataba de averiguar con la mirada.

— Hola Alfonso, son guamas que traje para vender—contesté con mucha seguridad y firmeza.

— ¿Gua qué?—me gritó Alfonso, mientras dejaba ver una mueca de burla a través de sus ojos y movimientos corporales.

— Se llaman guamas y son frutas muy sabrosas y de gran aporte nutricional y medicinal.

— Miren chicos, ahora el indio se cree vendedor de frutas. Es mejor que busques un empleo mejor, porque aquí dentro de la escuela no tienen permitido eso, me dijo mientras se alejaba burlonamente.

Ese día me enviaron con un llamado de atención a mi casa. Alfonso tenía razón, dentro del reglamento interno de pasito de colores no estaba permitido vender dentro de la zona escolar ni en sus adyacencias, y menos si se trataba de estudiantes menores de edad. Mi madre se sentía muy triste por ponerme en esa situación.

Me suspendieron por una semana, el tiempo de suspensión se junto con el periodo vacacional y cuando regresé en el nuevo periodo escolar todos los profesores parecían sorprendidos al verme. Prácticamente habían perdido el habla y se quedaron mudos, al parecer no podían entender como hice para llegar ese día al colegio.

En mi casa no teníamos la costumbre de escuchar muchas noticias o ver la televisión. Pasábamos mucho tiempo en el fondo cosechando y hablando como familia. Al parecer, existía un extraño virus que afectaba a los niños con edades comprendidas entre los cinco y catorce años de edad, y casualmente todos los niños que asistían al colegio pasito de colores se encontraban de licencia médica por presentar las consecuencias de este desagradable mal.

Todos se preguntaban porque me encontraba en perfecto estado de salud. No se lo imaginaron nunca, ni por un segundo llegó a pasar por sus mentes que el secreto de mi buena salud se encontraba en aquella extraña vaina con sabor dulce y aspecto algodonado que tanto me gustaba: La Guama.

Y esto no lo supieron inmediatamente, pues ellos no sabían sus aportes curativos y nutricionales. La guama era difícil y costosa de conseguir, pero mi familia y yo teníamos muchas plantas sembradas. Aproveché mi gran momento de gloria, porque así me había enseñado mi padre a decirle a este tipo de situaciones inesperadas pero gratificantes, y les dije el motivo de mi maravillosa salud.

El motivo de mi inmunidad al virus que afectaba en ese momento a todos mis compañeros, era aquel por el cuál recibí no solo burlas de la gran mayoría de ellos, sino también una suspensión escolar por parte de los profesores: La Guama, esa fruta era el principal motivo.

Desde ese momento todos querían mi fruta preferida, ya no les importaba cumplir con el reglamento con tal de encontrarse sanos nuevamente. Dejaron de gastar grandes cantidades de dinero en costosos medicamentos que no garantizaban un buen estado de salud y querían mis guamas.

Mi madre comenzó a recibir grandes ofertas por el suministro de guamas, y en ese momento sin sospecharlo recibimos mucho dinero. La gente comenzaba a interesarse en cultivar sus propias plantas y pagaban por tener el conocimiento. Después de todo, era salud, y no había una cosa más importante en la vida que estar saludables.

Con el dinero obtenido mi madre mejoró las condiciones de nuestra casa y siguiendo los consejos de personas indicadas, en poco tiempo ampliamos nuestros sembradíos. Ya no soy aquel niño al que veían extrañamente y llamaban el indio debido a su procedencia.

Soy el dueño de varias empresas importantes a nivel nacional e internacional. Con ayuda de mis hermanos y de la mejor guía que pude tener, mi mamá, hemos crecido mucho. Continuamos siendo los mismos, pero nos ven distinto.

Yo por el contrario los sigo viendo igual que antes. Alfonso es uno de mis mejores trabajadores, a veces al hacer las reuniones de ejecutivos, al salir, bromeamos de ese día en el que llegué con mi cesta de guamas. Aún conservo esa cesta y mis zapatos, es mi recordatorio para nunca olvidar quien soy y de donde vengo.

Mi padre tenía razón y ahora estoy seguro que su legado vivirá eternamente entre nosotros.La tierra guarda muchos tesoros, pero el más importante de todos es aquel que llevamos adentro de cada uno de nosotros, es allí donde se encuentra la verdadera riqueza y la capacidad para proyectar nuestros sueños a través de la realización de buenas acciones.

Ahora me veo en los ojos de mis hijos y ellos se ven en los de mis nietos. Y así se siente bien crecer, sin romperse nunca y dejando frutos a nuestro pasar. Las semillas están listas para salir y estoy seguro que estaré allí para verlas crecer.

Recesos

Le gustaba salir y tomar el receso. Todo su cuerpo estaba alineado para sentir esa hora. Las 9:30 a.m. Números que fueron transformados en letras por Helena, ahora le pertenecían.

Era su dueña e inevitablemente lo hacía olvidar su entorno.

Caminaba despacio, casi en cámara lenta, con pisadas de gato. No veía el árbol que con su sombra le acariciaba la piel. Le resplandecía el ser, pero no lo notaba. La veía a ella, solo a ella.

El calor del sol lo llevaba dentro y le traspasaba las mejillas. No estaban solos pero se sentían únicos en ese mundo. Lentamente sus latidos comenzaron a sincronizarse con su respiración.

Helena continuaba sentada en aquel banco y lo miraba. Él saludaba a todos pero solo podía fijar su mente en ella.

Se acercó y al levantarse. En ese momento sintió que había aprobado con honores todas las materias de ese último año escolar: La física, la química, deporte, biología, lenguaje, matemática y la misma historia hallaron explicación al rozar intencionalmente aquellos labios.

Los latidos de sus corazones explotaron, se quemaron hasta desvanecerse y encontrarse nuevamente a la hora sin números del siguiente día.

Amores

Han pasado tres años desde que decidí salir y liberarme del único lugar donde llegué a sentirme seguro. Una puerta mal cerrada y una pequeña fiesta fue todo lo que necesite.

El primer año fue uno de los más difíciles, además de sentirme usado, fui maltratado física y emocionalmente, para luego ser abandonado a mi suerte. Una extraña enfermedad al nacer me impedía procrear.

En el segundo año me convertí en amigo de las calles, llegué a formar mi propio círculo de amigos, y en cierta forma me ayudaban a defender mi territorio.

Fue en el tercer año, cuando ya no tenía las fuerzas para continuar con esta nueva vida, que de pronto escuché tu voz desde ese pequeño auto en movimiento. Mi cerebro la reconoció de inmediato pero mi cuerpo corrió con todas sus fuerzas, hasta que finalmente nos encontramos nuevamente.

— ¡Firulais!, ¿Eres tú?, me dijo mientras me tomaba cuidadosamente en sus brazos.

La puerta nunca se abrió, la fiesta se terminó y sobre las curvas de tu guitarra mi perro amor se domó.