Amores

Han pasado tres años desde que decidí salir y liberarme del único lugar donde llegué a sentirme seguro. Una puerta mal cerrada y una pequeña fiesta fue todo lo que necesite.

El primer año fue uno de los más difíciles, además de sentirme usado, fui maltratado física y emocionalmente, para luego ser abandonado a mi suerte. Una extraña enfermedad al nacer me impedía procrear.

En el segundo año me convertí en amigo de las calles, llegué a formar mi propio círculo de amigos, y en cierta forma me ayudaban a defender mi territorio.

Fue en el tercer año, cuando ya no tenía las fuerzas para continuar con esta nueva vida, que de pronto escuché tu voz desde ese pequeño auto en movimiento. Mi cerebro la reconoció de inmediato pero mi cuerpo corrió con todas sus fuerzas, hasta que finalmente nos encontramos nuevamente.

— ¡Firulais!, ¿Eres tú?, me dijo mientras me tomaba cuidadosamente en sus brazos.

La puerta nunca se abrió, la fiesta se terminó y sobre las curvas de tu guitarra mi perro amor se domó.

Narciso

¿Dónde estoy?

Puedo sentir el fuego quemando mi cuerpo, las punzadas me dificultan la respiración. Me contengo y saco mi último aliento. Empiezo a volar y me veo. Me veo como nunca antes.

Estoy hermoso, delicado e indefenso. Mi presencia te opaca y desnivela el amor que sientes por mí. El cielo.

El cielo ya no tiene el mismo color, ese que me hacía estremecer al mirar hacia arriba. Cambió su tono cálido y tierno por uno más frío. Y aún así me gusta ver mi cuerpo inmóvil a través de la ventana.

Aquí donde estoy puedo brillar. Siento pena por ti y tus ansias de mi. No mereces tenerme a tu lado. No quiero volver. Me niego a fundirme y dejar de ser.

El día que te conocí no pensé en tí, solo quería romperte y construirme con los pedazos de tu piel. Pero ya estabas roto. Te adueñaste de mi mente y sin darme cuenta ya no tenía un cuerpo para escapar.

Y aún así. Lo hice. Aquí estoy, en otra forma y otro color.

Ya no estoy roto.

Búsqueda

Mientras caminaba por esa ruidosa y calurosa calle, venían a mi mente, cada una de las marcas de camas anotadas en esa pequeña hoja. Era una lista pequeña, y aunque me la sabía de memoria, siempre me gustaba esa sensación de mis ojos al recorrer las letras en el papel.

Primeros pasos, era el nombre de la primera de ellas: ni demasiada pequeña ni muy grande para una niña que se encontraba en pleno crecimiento. Era inevitable no disfrutar la sonrisa dibujada en mi rostro al recordarla. Y por unos minutos tuve que pausar el recuerdo para esquivar a un grupo de niños que dando saltos acababan de salir del colegio en modo de carrera.

La sonrisa volvió a dibujarse y pude recordar el día en que mi madre me adorno mi primera cama con una sábana hecha de retazos de tela. Tenía muchos cuadros de colores y formas. Me despertaba con una audición de muñecas miniaturas que adornaban las paredes y entre saltos, brincos y volteretas, tuve unas cuantas caídas.

No todas fueron buenas noches. Estando en ella, me enfrenté a mis primeras pesadillas y a la mirada incomoda de mis padres cada vez que involuntariamente mojaba las sábanas. El colchón terminaba en posición de saludo al sol, y eso si teníamos suerte de tener un día despejado.

Nuevamente tuve que interrumpir el recuerdo porque el sol estaba demasiado inclemente y además de acelerar mi paso, tenía en la mira, un lugar cómodo para sentarme y reponer energías. Antes de hacerlo, casi me tropiezo con una joven pareja que venían tan concentrados en ellos mismos, que no se dieron cuenta de mis maniobras para no pisarlos.

Cuando al fin alcancé a sentarme, agarré nuevamente la lista entre mis manos, la segunda marca de cama anotada era Nubes. En ella aprendí a contemplarme desde mi propio espacio, todo a mi alrededor parecía girar en torno a mí.

Ya no tenía espacio para saltar ni dar brincos porque me encontraba arriba en una litera. Tampoco había una sábana de cuadros de colores para arroparme y la audición de muñecas miniaturas fueron reemplazadas por un viejo oso que me servía de almohada.

Pase de tener pesadillas a escuchar las de mis hermanos en mi habitación. Y de vez en cuando, hacia bolas con mis calcetines para arrojarlos desde arriba si los escuchaba roncar. Con Nubes me sentía más cerca del techo y con mis pies un poco más alejados del piso.

Con el tiempo y a medida que mis hermanos crecían, Nubes se convirtió en una cama más cerca del piso. Tuve que reemplazarla, por una un poco más grande y resistente. A prueba del tamaño de los pensamientos que estaban por venir.

Antes de leer la última marca de cama que tenia en mi lista, me levanté recargada y llena de energía. Le agradecí a ese viejo pero cómodo tronco que me sirvió de asiento y miré ese último nombre en el papel: Paraíso, así se llamaba.

El día que Paraíso llegó a mi vida, nunca me imaginé, que cuatros años más tarde pasaría a compartirla con alguien más. No era lo suficientemente grande para dos personas, pero ambos parecíamos fusionarnos en ella, y esa cercanía nos gustaba. Pero el tiempo pasa y Paraíso no soporta el peso de más de dos personas.

Sin darme cuenta y con un profundo suspiro, me encontré de pronto frente a la tienda. Con una mano acaricié mi vientre y me emocionó sentir su presencia, con la otra arrugué el papel y lo arrojé a la basura.

Me encontraba delante de una nueva vida, y no necesitaba una lista para empezar.

Despedidas

Cierra los ojos.

En este momento el quiere soñar que se encuentra a tu lado, abrazarte y llevarte contigo a ese viaje que siempre anhelaron realizar. Debes sentir con cada puesta de sol que los días comienzan a extenderse, que superan las noches y eso te gusta.

— No vayas a trabajar hoy. Quédate a mi lado.
— Y luego que pasará.
— Lo que tú quieras que pase. Eso pasará.
— Y luego, ¿Qué haremos?.
— Seremos felices.
— ¿Felices?, ¿Hasta cuando?.
— No lo pienses más, ya no hagas más preguntas, no busques respuestas y quédate a mi lado.

Él te conoce más que tú. A veces te causa un poco de vergüenza admitirlo y te ocultas para evitar darte cuenta, pero luego agarras fuerza como una ola y vas creciendo y creciendo hasta que caes y rompes y arrasas. Puedes mojarlo en tus aguas y juntos evaporarse, alcanzar la inmensidad del cielo. Un poco más.

Te quedarás a su lado. Quemarse es inevitable, su intensidad terminará por consumirte y ya no dolerá más.

Los días comienzan a encenderse con cada acto de presencia, con cada mirada sin palabras y esa complicidad que es capaz de segregar felicidad a través de tus poros.

El sol siempre ha sido tu vitamina. Ha llegado el momento de irse juntos y disfrutar de la playa, un buen libro y el mejor helado. Brindarán por esa victoria y por ser capaces de encontrar el mejor momento.
— Dime algo. ¿Te gustó estar a mi lado?.
— Me ha gustado. Si.
— ¿Quieres más tiempo a mi lado?.
— Me conoces bien. Te necesito para ser yo.
— ¿Y ahora que sigue?.
— Me amaras.
— Ya te amo.

Y la luna no salió. Parece que el cielo no quiere que la vean y la oculta. La esconde hasta llegar el día y en ese momento cuando aparece el sol. Ya no hace falta verla. Y se olvida.

El sueño ya no es un sueño han comenzado el viaje y ella se siente mejor que nunca, siente que arde cada vez que está cerca de él y que quiere explotar. No quiere morir pero el sentimiento hace que se desvanezcan sus fuerzas.

— ¿Dime lo que sientes?.
— Estoy desapareciendo.
— ¿Te gusta la sensación?.
— Me gusta.
— ¿Eres feliz?.
— Lo soy.

Su nombre es Ellen, recuerda el primer día que respondió a su nombre. Sus padres fueron los mejores, su vida soñada. Hasta que lo conoció, y luego de la primavera llegó el verano. Y ya no fue lo mismo sin él.

— Ya falta poco para que terminé el verano. Comenzarán a caer las hojas.
— Ya lo estoy sintiendo. Está cada vez más cerca, pero no tengo miedo.
— No debes tenerlo. Estaré a tu lado.
— No he vuelto a ver la luna desde que comenzó.
— El sol no te dejará verla.

Y mientras él miraba la puesta de sol, ella veía caer las primeras hojas de los árboles. Sus ojos no mirarán más la luna, se fundirán en los destellos del sol. El verano dará paso al otoño y todo habrá terminado.


— Me gusto tenerte a mi lado durante todo este tiempo.
— A mi también pero ya es momento de dejarte solo.
— ¿Estas segura?.
— Completamente.
— Te amaré por siempre.
— Viviré en ti.
— ¿Volverás el próximo verano?.
— Quizás. Lo pensaré.

Ellen se fue antes de comenzar el otoño y él se quedó con su cuerpo. Su nombre es Alan y tiene miedo de que Ellen regresé el próximo verano.

Abre los ojos.

El Búho y El Colibrí

En una noche estrellada, de esas iluminadas donde la oscuridad no se siente y se ve opacada por la clara y llamativa presencia de la luna. Allí muy cómodo, en la tierra de los búhos, se encontraba vigilante el sabio rey búho.

Como cada noche admiraba placenteramente los sonidos que emanaban en forma sutil desde cada uno de los rincones. Se fascinaba con el poder que le transmitía su prodigiosa visión.

Él podía ver más allá que el resto de los animales nocturnos, conocía muy bien los secretos de su reino y debido a esto era un animal muy respetado, incluso por aquellos monos traviesos que frecuentemente aprovechaban las horas nocturnas para activarse y esconder los huevos de las aves más pequeñas e indefensas.

En estos casos el rey búho avisaba a sus amigos murciélagos y estos acudían inmediatamente a su llamado para castigar a los monos. Los conejos ayudaban a colocar los huevos en sus nidos y las luciérnagas devolvían con sus destellos sincronizados la normalidad al reino.

La tranquilidad del reino le daba un aire de armonía y la silueta del rey búho desde su cueva se destacaba más allá de unos pocos trazos delineados como en el lienzo de una hermosa pintura. Todo estaba bien, estaba dispuesto a comenzar su cacería nocturna y luego descansar durante el día pero de pronto, sucedió algo que lo hizo girar su cabeza.

No fueron los grillos ni el curioso zorro asomado detrás del árbol. Esta vez lo que llamó su atención fue un hermoso colibrí que se encontraba dormitando. Desde ese momento su cacería fue interrumpida y sacudiendo los bordes desflecados de sus plumas comenzó a adentrarse en otro tipo de cueva.
Le había nacido una duda y sabía que conocía perfectamente los misterios de la noche y los alrededores de su reino pero al salir el sol, al comenzar el día, de algo estaba seguro, ya no era el rey sabio.

No encontraba una explicación lógica para descansar en las noches. Era algo tan hermoso para él y le molestaba que existieran algunos animales que preferían dormir al ocultarse el sol.

—Tan bella la noche y hay animales tan flojos descansando a estas horas—dijo el búho un poco molesto.

Una serpiente nocturna salió de su escondite y moviéndose despacio se acercó al rey búho.

—Se sorprendería mucho su majestad de los misterios que guarda la noche. El colibrí se ve hermoso dormitando en esa rama pero no confiaría de sus labores diurnas—dijo la serpiente arrastrándose lentamente y desapareciendo detrás de los arbustos.

El rey búho no era tonto, conocía la reputación de la serpiente y su manera incómoda de comunicar las cosas. Sus cizañas no lograban apaciguar la duda que continuaba creciendo en su interior.

A veces sentía que estaba perdiendo las habilidades de su poderosa visión. Existía algo más poderoso que ver bien y era traspasar ese mundo interior de cada animal. Independientemente de si era de día o si era de noche, debía encontrar la forma de descifrarlo.

Mientras observaba con detenimiento al colibrí, percibió cómo caía un polluelo de su nido. Moviendo la cabeza de un lado al otro y de manera rápida movió sus alas y sin pensarlo lo resguardó del resto de los animales.

La madre del polluelo no tardó en hacer acto de presencia y tomando suavemente a su pequeño hijo, le agradeció al rey búho en ese momento por ponerse en su lugar.

— Escuché a la serpiente contaminar el aire de su majestad con sus palabras poco acertadas y nada beneficiosas. Entiendo la duda que se encuentra creciendo dentro de su mente y espero que este buen acto de bondad sea capaz de aclararla—dijo el ave, mientras se marchaba con su polluelo.

Sin darse cuenta el rey búho se encontraba muy cerca del colibrí que tanta intriga le había causado y se sintió tentado a preguntarle porque dormía tanto en una noche tan bella, pero no fue necesario.

El sonido de los latidos de su corazón traspasó aquel diminuto cuerpo. 700 latidos por minuto eran lo suficientemente poderosos para hacer comprender al rey búho, el enorme trabajo que le esperaba de día y el notable esfuerzo para cumplir con uno de los más grandes propósitos: Vivir.

Minutos

Antes de terminar el invierno y volver a la preciada primavera, Eudimar se encontraba acostada boca arriba admirando unas feas manchas en el techo, se preguntaba cuáles eran las razones de no haberlas limpiado aún.

Transcurrieron aproximadamente 20 minutos, antes de enterarse por un incómodo ruido exterior, que sus amigos roedores habían comenzado su función matutina. Seis meses llevaba Eudimar confinada en el piso dos, de un viejo departamento ubicado en pleno centro de la ciudad.

El sonido abrumador de las sirenas de bomberos, junto a un concierto de taladros y perros alterados por el incómodo ruido de los edificios en construcción, no le dejaban espacio en su mente para pensar en hacer algo nuevo, solo estaba segura de algo: El aburrimiento que sentía era tal, que agotaba.

Luego de comerse las últimas hojuelas de un cereal viejo que encontró en la cocina, se encaminó nuevamente a su habitación, y mientras miraba el techo, sintió que extrañaba a su hermana.

En ese preciso momento hubiese querido tenerla a su lado para terminar de adornar el techo con los fluidos de saliva disparados de sus bocas.

En menos de un minuto y por el efecto de la gravedad, ese pensamiento quedó borrado de su memoria, al sentir su cara mojada por la saliva. Tenía pereza de levantarse e ir al baño para limpiarse la cara, así que tomó su almohada preferida y cumplió con su objetivo.

Sin más nada que hacer, y sintiéndose cansada de estar tanto tiempo acostada, decidió observar nuevamente a través de la ventana. En esos seis meses de licencia por estrés, ya había colocado nombres a las ratas que se paseaban orgullosas por el jardín de sus vecinos. Toda una colonia de ratas ruidosas que entraban y salían con sus numerosas crías.

Ella pudo haber terminado de crear su nueva historia al muy puro estilo de planeta animal, pero hubo algo que la hizo alzar su rostro y mirar el edificio ubicado al frente.

La escena que estaba presenciando, la veía transcurrir en cámara lenta. Del séptimo piso, comenzaba a caer una especie de bolsa blanca, parecía estar llena de algo, porque a pesar de ir tan rápido, ella podía sentir su peso.

Aquella bolsa rebotó en un tendedero de la planta baja, para luego caer en medio del jardín.


Un escalofrío invadió su cuerpo cuando escucho un llanto seguido de un grito estremecedor. El tiempo se aceleró, ella no supo cómo llegó tan rápido, tomó al niño entre sus brazos, y mientras se lo daba a una joven pareja para que buscasen ayuda, corrió apresuradamente hacia el séptimo piso.

El ascensor se encontraba dañado y le tocó subir por las escaleras, los gritos de dolor eran su guía. Allí entre el piso 4 y 7 se encontraba una madre angustiada que deseaba con su corazón encontrar a su hijo vivo. Su vientre mostraba un avanzado estado de embarazo y Eudimar hizo lo que su instinto proyecto en sus manos.

—No te preocupes, tu hijo se encuentra bien, alcanzó a decirle.

Desde el momento en que tomó entre sus manos al primer niño, hasta que recibió al segundo, en medio de un nacimiento inesperado, no transcurrieron más de 20 minutos.

El techo de su habitación nunca volvió a mostrar esas feas manchas y la función de las ratas y ruidos alrededor quedaron borradas de su memoria.

Los residentes nunca podrán olvidar el día en que la vecina Eudimar, sin pensarlo, salvo tres vidas y le dio sentido a la suya.

Adentro

Mi nombre es Paolina Rocca, un nombre algo exótico para alguien que nació en un pueblo llamado Upata. Casi nadie lo sabe, pero detrás de cada nombre se encuentra un significado que nos da algún sentido de pertenencia, son hechos que van más allá de las letras que lo conforman.

Tengo 40 años y mientras acompaño a mi hijo a realizar sus actividades diarias, allí sentada en la pequeña silla puedo escuchar el sonido de los niños al salir de sus escuelas.

Me asomo en la ventana y de pronto, de pronto…

— ¡Paolina!, ¿Puedes por favor responder a la pregunta? — dijo la maestra un poco molesta desde su escritorio.
— Upata significa flor del campo maestra, respondí un poco apenada mientras sentía mis orejas calentarse.

En ese momento tenía 8 años de edad y aunque mi mente era una esponja para absorber nuevos conocimientos, solo quería saber una cosa. ¿Qué había adentro de la casa embrujada?.

Esperaba con ansias salir al receso y poder ir con mis amigas a descifrar los misterios de esa fea casa. Todos los días, desde que supe de su existencia, nos sentábamos y empezábamos a planear nuestra gran entrada, en medio de las historias que en vez de aterrarnos nos alentaban a descifrar el motivo de estar allí.

La casa quedaba a pocos metros de la escuela, luego de un terreno abandonado que según los cuentos de la abuela antiguamente era un cementerio de indios. Bastaba seguir el rastro de las velas derretidas para llegar a la entrada de lo que parecía ser la puerta, situación extraña para un lugar donde la brisa soplaba con tanta fuerza que te hacía estremecer las mejillas.

Aquella casa no tenía cercado alguno, más que unas feas y secas enredaderas que formaban una especie de arco oscuro y tenebroso a su alrededor.
Era imposible observar a través de sus ventanas desde el exterior, pero si te acercabas lo suficiente podías sentir la energía emanada por las siluetas que desde adentro parecían acechar a sus presas.

Al fin llegó el día pautado para confirmar las sospechas de la abuela. Entre sus historias se creía que aquella casa abandonada antiguamente pertenecía a una mujer solitaria que ante la imposibilidad de concebir, hacía rituales de brujería para engendrar hijos. Una noche, murió quemada en medio del fuego generado por las velas. Desde ese fatídico suceso la casa nunca pudo ser habitada nuevamente, o por lo menos eso creían.

El día que decidí entrar en esa casa, muy por el contrario de lo que la gente piensa, no era un día lluvioso con relámpagos y tonalidades oscuras. En ese día en específico, el sol mostraba su mayor esplendor, en vez de velas derretidas seguí el rastro de hermosas flores amarillas hasta llegar a lo que pensaba era una puerta detrás de una enredadera, y de pronto, de pronto.

Allí me encontré detrás de la ventana, escuchando a lo lejos el susurro de niños a mi alrededor, seguido del sonido de los vidrios rotos, mi piel quemándome, gritos de auxilio en medio del dolor y la impotencia de poder salir algún día.

Los Acunados

Llevo tanto tiempo dentro de mi cuna, que he perdido la noción de mi vida. El tiempo dejo de existir, mucho antes de haber nacido.

Tenemos prohibido hablar de él.Cierro mis ojos para ubicar en mi registro cognitivo el año. Es el año 44, después de la erradicación de la nube.

No ha pasado mucho tiempo desde que accedí con total disposición, a bloquear mi mente del nuevo mundo exterior.Primero me dejé sumergir en lo profundo de la tierra, envuelto en esta especie de domo protector, luego acepté con un poco de resentimiento, cortar cualquier tipo de comunicación con mis seres de luz, aquellos que vi caer lentamente, sin la fuerza necesaria para levantarse y defenderse de semejante destrucción.

En estos momentos pertenezco al grupo de los acunados y debo tratar de permanecer el mayor tiempo posible oculto, para preservar el estado inalterado de mi especie, para sobrevivir a los de afuera. Me niego a reiniciar el sistema al cuál debo mi origen y el más importante de mis sentidos: Mi sentido de supervivencia.

Estando afuera me fue negado el acceso a la alimentación primaria, ese conformado por aros de luz. Dispongo de pocos, pero son los necesarios para subsistir y fortalecerme, cuando me llegué el día de salir.Antes de perder mi primer sentido definitivamente y adentrarme en esta cuna, el nuevo orden exigía la administración de una primera dosis.

Debía abastecerme con una gran fuente de agua natural para garantizar su adquisición y mantenimiento. Adentrarme en los volcanes alados luego de sus perpetuos bloques de erupción, era un sacrificio que no estaba dispuesto a soportar.

Era el único lugar en el mundo con agua de verdad.Luego de exigir la primera dosis, comenzaron a exigir otra y otra más. Un sentido por cada dosis era la norma del nuevo sistema.

Aquello era una especie de condena para los que anhelábamos volver a sentir.Al menos aquí abajo, desde la comodidad de mi cuna, aún tengo el privilegio para escuchar voces y suspender pensamientos. Poco a poco se han convertido en los dones más valiosos para resguardar nuestros sentidos y garantizar su regeneración en caso de ser arrancados.

Estando arriba sería fácilmente detectado. No me encuentro registrado en el nuevo plan de restauración y cuento con pocos aros de luz. Mi ciclo fue destruido en el mundo anterior, pero solo se trata de un viejo chip de localización ancestral.

En el momento en que empiezo a sentirme fuerte, percibo una fuerza que me arrastra. Debo cerrar mis ojos y entregarlos a cambio de una nueva dosis.

Estoy saliendo, mis nervios comienzan a desgarrarse, duele. Mi mente colapsa y empiezo a convulsionar. Estoy saliendo y los escucho, aún puedo escuchar.

Me aferró a mi cuna, me niego a salir. De pronto, a través de mis oídos, me llega el sonido que se desprende de mis raíces al ser cortadas. Mis hojas no tienen la fuerza necesaria para aferrarse a mis ramas. Mi tronco se eleva y alcanzo a descifrar el ruido metálico de mi condena: Uno más para la restauración.

Postura

Siempre consideré de una mayor importancia mis últimos minutos de sueño. Para cuando mis ojos lograban despertar, disponía de quince minutos para vestirme, masticar algo rápido y salir corriendo a la parada para tomar mi transporte.

Era típico eso que decían que mientras más cerca nos quedaba la universidad, más tarde llegaríamos a ella. Cinco minutos era el tiempo que me tomaba llegar de la casa a la universidad.

Cuando al fin mis pies descendían de aquel autobús, sentía que mi cuerpo caminaba por sí sólo, entonces cuando mi cara lograba por fin levantarse, veía a mi amigo Frank. Siempre teníamos la costumbre de caminar juntos y acompañarnos en diferentes momentos del día.

Aquel día era diferente, Frank no iba al lado mío como de costumbre, yo iba caminando detrás de él, siguiendo sus pasos. Entonces mientras lo veía caminar, sucedió algo de lo que no me había percatado.

Me di cuenta que Frank tenía una postura asombrosa, su cuerpo no lo llevaba a él. Tenía una alineación casi perfecta entre las tres curvas de su columna, que me hacía sentir incómoda con mi forma de desplazarme.

Traté en vano de enderezarme y seguirle el ritmo al caminar, pero era increíble, mientras más lo intentaba más me sentía doblada y fuera de lugar.

Mientras lo veía, recordé su pasión por la danza. Pero no una danza cualquiera. Frank había encontrado la forma de comunicarse a través de un lenguaje olvidado en el tiempo.

A través de la danza contemporánea buscaba transmitir música con sus movimientos. Al verlo caminar entendí en cada paso que daba, que nuestro cuerpo es un instrumento poderoso para comunicarnos.

De pronto un papel se escapó delicadamente de sus manos, y mientras se agachaba a recogerlo, recordé una de sus presentaciones y el verdadero significado de la elocuencia.

Lo vi emplear una de sus técnicas para expresar a través de un solo movimiento, el sentimiento más poderoso que un ser humano puede tener y que a diferencia de lo que pensamos no es el amor.

Es el temor a perdernos y perder a los que amamos en el camino, lo que nos da una fuerza que jamás pensamos tener. Desde temprana edad Frank tuvo que ayudar a su padre a luchar contra una esclerosis múltiple que poco a poco lo fue inmovilizando.

Al mismo tiempo y en contraste con este episodio, Frank parecía destacarse y agarrar fuerza en cada uno de sus movimientos. Era mágico ver cómo contaba una historia a través de los movimientos de su cuerpo, en los escenarios y fuera de ellos.

Mis ojos seguían sus pasos sin darse cuenta de la proximidad real a su espacio. Él se giró suavemente y allí estábamos frente a frente, escuchando el sonido de nuestra respiración.

— Frank, ¿me enseñas a caminar?, dije. Él se sonrió, y no estoy segura si lo dijo con palabras o con movimientos, pero lo escuché.

— El primer paso es mejorar tu postura, y para mejorar tu postura debes aprender a respirar. Me dijo, mientras con su mano derecha rodeaba mi espalda y con la otra tomaba firme y delicadamente mi cabeza.

— ¿Cómo?, yo sé respirar, dije levemente conteniendo el único rastro de aliento que parecía quedar en mi cuerpo. El leve roce de sus labios con los míos me generó una especie de descarga eléctrica.

Allí en mitad de las escaleras, donde parecía detenerse el tiempo, me dijo:

— Ahora sí, respira.

Y desde ese día no solo he aprendido a respirar, también he aprendido a amar la destreza de mi cuerpo y cada uno de los pasos que doy al caminar.

Gadea

A veces al despertar se me olvida que han pasado muchos años. Es un viaje en el tiempo, me desconecto y me levanto de un salto. Regresar duele y mis huesos lo sienten, ellos hacen que recuerde en qué año y lugar de mi vida me encuentro ahora.

— Holaaa Doña Gadea—me dijo la conserje con una gran sonrisa.
— Hola, Buen Día—le respondí, mientras extendía mi brazo para obsequiarle mi presente del día.
— Gracias Doña Gadea, que le vaya bien—dijo muy animada, mientras guardaba con gusto las frutas de temporada que le entregué.

Salí un poco apresurada, no sentí vergüenza al no recordar el nombre de la conserje. Lo que si era imposible de olvidar, era el sabor extraño del membrillo. Muy diferente a las guayabitas sabaneras de mi país natal. Respiré profundo y seguí mi camino, envuelta en el dulce aroma de una lejana experiencia.

Me incomodaba apartar las hojas de los árboles que caían a mi pasar, del otro lado de la calle, me distraía viendo a los niños jugar con ellas, en lo que parecía ser una especie de danza ancestral. El dolor en mis articulaciones me hacía retomar mi camino.

Solo podía escuchar el sonido de la brisa fría que anunciaba un nuevo cambio de estación, pero de pronto empezaron a ladrar todos los perros de la calle. Era extraño porque no escuchaba ningún sonido de sirenas de bomberos o cualquier otro ruido que pudiese alterarlos.

Delante de mi, a pocos pasos, pude ver a una señora mayor con su columna muy doblada que a duras penas podía caminar bien. Se notaba el esfuerzo que hacía para dar cada paso.

Al pasar por su lado, me estremecí al ver que uno de los perros se escapó de las casas, y me asusté, me asusté mucho. Cuando pensaba que ya mi miedo se había disipado, me encontré con el rostro de aquella señora.

Nunca en toda mi vida había visto una mirada con tanto odio acumulado. No sé cuánto tiempo pasó, me parecía eterno ese encuentro. Puedo asegurar que vi sangrar sus ojos y seguí. A mis espaldas podía sentir aún aquella extraña energía que me gritaba:

— ¡REGRÉSATE A TU PAÍS EXTRANJERA!, ya no soportamos a uno más de ustedes aquí.
No entendía porque me decía tantas cosas, pero si comprendí el ladrar y la alteración de los perros a su pasar.

Cuando estaba por llegar a mi destino, justo en la esquina, hubo una situación que me hizo disminuir el paso. Una joven que vendía panecillos le estaba obsequiando a otro vendedor ambulante de caramelos un plato de comida. Se notaba que tenía días sin comer.

Ella le preguntaba si tomaba café, mientras él un poco apenado le respondía que no, y le entregaba un caramelo.

Ambos hablaban idiomas distintos, no se entendían con palabras pero si con gestos. Respiré hondo y con una sonrisa continué mi camino. No he vuelto a escuchar a los perros ladrar y tampoco he visto ojos llenos de sangre.