El Chucu Chucu

Hace mucho tiempo, existía en lo alto de unas montañas una pequeña ciudad a la que llamaban La Cumbre de la felicidad. En esa Cumbre solo habitaban niños.

Por alguna extraña razón los adultos no podían vivir en ese lugar. A sus pequeños habitantes no parecía preocuparles aquella situación. Sus arboles se encargaban de proporcionarles los alimentos necesarios y más que eso, parecían alinearse con los distintos elementos, y entre todos, crear la armonía necesaria para vivir plenamente.

Sergio era un niño de 12 años, era muy curioso y alegre. Un día mientras jugaba con sus amigos a las escondidas, se alejó mucho de la montaña. Fue más allá de los limites conocidos. Se encontraba un poco perdido, y no podía identificar a ninguno de sus amigos árboles.

El agua dejo de emitir sus voces y el aire no parecía indicarle el camino indicado. Era como si de repente hubiese perdido sus sentidos o capacidad para comunicarse.

De pronto, mientras intentaba seguir el rastro dejado por los rayos del sol, escuchó un extraño ruido. Era un Chucu chucu que nunca antes había escuchado. Para su sorpresa se detuvo ante él, algo parecido a unos troncos conectados entre sí.

No tuvo miedo, de inmediato lo interpretó como un mensaje de sus amigos árboles para devolverlo a la Cumbre. Tan pronto subió, escuchó una voz metálica que le dijo: Bienvenido al tren.

Algo en su rostro comenzó a cambiar, no sentía la suavidad de antes, habían crecido muchos pelos y su voz era diferente. Al mirar sus pantalones se dió cuenta que le quedaban pequeños.

Pero lo más impresionante de subirse en eso que llamaban tren, fue ver a muchos otros en su misma situación. Algo en ellos había cambiado para siempre, y su destino sería una nueva Cumbre.

Detrás de tus ojos

Todo estaba bien, hasta que mis ojos se encontraron con los tuyos. Hace rato que no me escapaba para disfrutar de una buena fiesta. Era un día perfecto para celebrar un cumpleaños. No sentía el frío incómodo del invierno, ni ese calor insoportable que dan ganas de querer andar desnudo.

El ambiente se encontraba bastante agradable, una buena música era el acompañamiento perfecto para disfrutar desde mi cómoda silla, de esa copa de vino.

Mientras observaba a los niños jugar y divertirse en el suelo, alzaba mi copa para brindar.

Hasta el momento no había nada que perturbará mi fiesta de adultos contemporáneos. Reíamos de nuestras propias anécdotas y sin querer terminábamos hablando de nuestros hijos y platos de comida. Aún así, todo era divertido.

Divertido hasta que apareciste. En ese momento no fue tu boca la que emitió una palabra para comunicarse. Entraste por esa puerta a quince minutos para marcar la medianoche. Con ojos llorosos, la boca sucia por restos de helados y un poco de dulces en tus pequeñas manos.

Esas manos que no eran más grandes que las de mi hijo que acababa de cumplir tres años.

— ¿Dónde están los padres de ese niño?—pregunté con evidente preocupación.
— Siempre se aparece a estas horas, solo quiere dormir—respondió con tranquilidad la cumpleañera.

El antivalor dio paso a la compasión y no te abandoné. No lo podía creer. Entendí al padre que abandona a su hijo para evitarle el sufrimiento de una vida en medio del dolor, pero no a ese que lo tiene a su lado, para vivir los horrores de una sociedad ajena e indiferente.

Sentada allí, mi tiempo se detuvo. Te llevé al baño para limpiarte la cara, yo una completa extraña. ¿Y si no fuese yo?.

Ese día al llegar a mi casa no pude dormir bien, gritos de auxilio aparecían en mi mente. Y no tenían voz. Eran tus ojos los que me hablaban, implorando ser salvado de ese infierno.

No sentí lástima, vi aparecer delante de mí, el valor de la compasión. Tomé el teléfono con firmeza y llamé. No quería ser cómplice. Ni el hacha, ni el verdugo. Solo me dediqué a devolverte tu voz y borrar esa terrible historia detrás de tus ojos.

Uno para cada día

El día que olvide mi nombre, ese día en específico me propuse no quedarme con uno solo.

Al despertar en ese feo lago rodeado de excrementos y aferrado a una piedra con una soga en mi cuello, lo entendí perfectamente. Estaba decidido a vivir y empezar de nuevo sin importar lo que dejaba atrás.

Lo hice el primer día, me gusto el nombre de Roberto. Mientras me quitaba los restos hediondos de otras personas, sentía que cambiaba de cuerpo. El trabajo en el campo se me daba bien, tenía una contextura fuerte para ganarme el sustento con mis propias manos. El día se pasó muy rápido y lo sentí bien, pero aún no me encontraba.

Al siguiente día era Oswaldo y mientras pedía una cerveza en ese viejo bar descubrí sin pensarlo, que mis manos además de fuertes tenían la habilidad para tocar el piano. No recuerdo el momento específico, en que aprendí a tocar tan bien aquellas melodías hermosas, pero no podía parar. Mis dedos parecían otra persona ajena a mi cuerpo. Indescifrable al contacto con cada tecla.

Al tercer día me sentía poderoso y sabio. Respondía al nombre de Luis, y como un buen Luis sabía preparar los mejores platos. Disfrutaba acariciar el paladar de mis comensales y llevarlos al éxtasis con cada bocado. Así fui de Luis, y me convertí en Daniel.

Como Daniel, descubrí algo. Era un gran escritor y tenía poder en mis manos. En cada nombre y cada día que pasaba era consciente de mis fortalezas, pero eso me llenaba de terror. Temía encontrarme con mi verdadero nombre algún día.Tenía miedo a lo desconocido pero aún así me propuse terminar la historia. En ese, el último día de mi nombre, un extraño personaje decidió poner fin a su patética vida arrojándose a la inmundicia.

Los Héroes

Faltan dos estaciones para llegar a los héroes. Eso le dije a mi pequeño hijo, antes de ver volar por los aires aquel insecto verde que trataba desesperadamente de salir del pecho de esa enorme mujer. Llegó a mi pie buscando refugio y lo arrojé con fuerzas lo más lejos que pude. Allí fue pisoteado antes de llegar a la estación. Ella lo tomó entre sus manos y dijo: Te voy a liberar.

La Parada

El Sol nunca se había sentido tan caliente, faltaba poco para terminar el día.
La sangre salía lentamente de su cuerpo y parecía adornar el asfalto desgastado por el paso del tiempo, por las numerosas ruedas a su pasar. Una mosca se desplazaba en cámara lenta y antes de posarse en su cabeza, huía ante el sonido premonitorio de un rayo. Ese que anunciaba una pronta lluvia. En cuestión de segundos, las huellas serán borradas y arrastradas con su presencia.
Ese día bien temprano, mucho antes de asomarse el sol, me preparaba para
mi angustiosa cita con el doctor. Tenía más de un mes mentalizando la idea de ir y dejar de suponer mis males. Ya estaba cansada de buscar nombres a mis padecimientos, sabía que el origen se encontraba en mis problemas existenciales, pero necesitaba saber el nombre y el antídoto.
Al cerrar la puerta, tardé unos minutos en dar los primeros pasos al mundo exterior, me incomodaba el contacto con mis iguales. Uno, dos, tres, cuatro y cinco pasos para llegar al ascensor, marcar con la punta de la llave la flecha para bajar e iniciar el descenso.
Piso 1, anunciaba la voz robótica mientras se abrían las puertas. Salí en cámara rápida y decidí omitir el saludo a la conserje. No tenía intenciones de recitar los detalles de mi salida.
Al llegar a la parada de buses, giré mi cabeza para verificar el número del bus que me llevaría a mi destino. 301A, era la señal que mostraba el letrero.
Solo tres minutos, tiempo suficiente para aparecer los primeros rayos del sol y subir en el 301A. No había asientos disponibles, eso no era de extrañar, siempre va más gente que la que regresa. Mientras suspiraba me agarraba con fuerzas del pasamanos. Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis y siete largas paradas. Antes de llegar a la última, justo antes de finalizar mi día, sentí la punta de un objeto filoso en mi
estómago.
— Dame todo lo que tienes, o adiós— susurró esa voz incómoda en mi oído.
Nunca dudé en darle el bolso, pero sentí un impulso descontrolado, que me llevó a sacar fuerzas, que hasta ese momento desconocía.
La puerta se abrió y allí cayó aquel cuerpo. Un solo golpe para borrar cualquier resto de mal aliento en mi oído. Lo podía ver todo desde arriba.
Antes de caer la lluvia, me dispuse a salir de aquel bus. Tuve suerte de no manchar mis zapatos de sangre. Al mirar al frente, aparté con mi mano aquella asquerosa mosca y seguí mi camino.

Combate

Es mi primer día y puedo sentir tu mirada acechándome, esas ganas desbordantes de brincarme encima y removerme toda. Sin embargo, me mantengo inmóvil ante lo imponente de tu silueta. Entre los dos existe una atracción difícil de explicar, una especie de hilo invisible que traspasa nuestros sentidos. Tus ojos me miran y estoy completamente segura de que, en cualquier momento, podré sentir el calor de tu cuerpo.
Nadie tuvo el gentil gesto de presentarnos, aquí fui colocada a tu merced, pero
no me ofende el que me uses y luego me dejes. Estoy convencida que al sentir mi contacto volverás una y otra vez.
Dejaras tu aroma y tu presencia en cada parte de mí, seremos una relación de esas en donde los golpes estarán ocultos para mantener el goce de pertenecernos.
No es fácil de explicar, pero me haces falta. Te necesito para mantenerme firme en mi propósito de lucha. A la gente a nuestro alrededor parece alegrarle ese momento en que parecemos fusionarnos.
Tú me das lo que necesito y yo te absorbo para convertirte en una parte de mi existencia.
Ya han pasado cuatro semanas y no soporto la idea de separarme de ti, pero antes de ser tuya ya lo sabía. En cualquier momento sería desechada y reemplazada, mi vida se acorta y me desvanezco. Mientras me alejan, escuchó tu último ronroneo. Una arena ecológica será
reemplazada por una Bentonita. Pierdo el combate.