
Hace mucho tiempo, existía en lo alto de unas montañas una pequeña ciudad a la que llamaban La Cumbre de la felicidad. En esa Cumbre solo habitaban niños.
Por alguna extraña razón los adultos no podían vivir en ese lugar. A sus pequeños habitantes no parecía preocuparles aquella situación. Sus arboles se encargaban de proporcionarles los alimentos necesarios y más que eso, parecían alinearse con los distintos elementos, y entre todos, crear la armonía necesaria para vivir plenamente.
Sergio era un niño de 12 años, era muy curioso y alegre. Un día mientras jugaba con sus amigos a las escondidas, se alejó mucho de la montaña. Fue más allá de los limites conocidos. Se encontraba un poco perdido, y no podía identificar a ninguno de sus amigos árboles.
El agua dejo de emitir sus voces y el aire no parecía indicarle el camino indicado. Era como si de repente hubiese perdido sus sentidos o capacidad para comunicarse.
De pronto, mientras intentaba seguir el rastro dejado por los rayos del sol, escuchó un extraño ruido. Era un Chucu chucu que nunca antes había escuchado. Para su sorpresa se detuvo ante él, algo parecido a unos troncos conectados entre sí.
No tuvo miedo, de inmediato lo interpretó como un mensaje de sus amigos árboles para devolverlo a la Cumbre. Tan pronto subió, escuchó una voz metálica que le dijo: Bienvenido al tren.
Algo en su rostro comenzó a cambiar, no sentía la suavidad de antes, habían crecido muchos pelos y su voz era diferente. Al mirar sus pantalones se dió cuenta que le quedaban pequeños.
Pero lo más impresionante de subirse en eso que llamaban tren, fue ver a muchos otros en su misma situación. Algo en ellos había cambiado para siempre, y su destino sería una nueva Cumbre.




