Familia

¿A qué ámbitos de tu vida les prestas más atención?

Pablo murió solo esa noche. El nunca quiso pasar el resto de su vida en un asilo, era peor que una prisión y sin embargo allí se encontraba su frágil cuerpo, olvidado en el tiempo. Sabía que en cualquier momento se acabaría todo, con el tiempo había aprendido a dialogar con la muerte y por esa razón dejó una conmovedora carta dirigida a los que permanecían con vida.

Tenía noventa y cinco años recién cumplidos, es verdad, una edad muy avanzada y nada esperanzadora pero conservaba una mente activa. Apreciaba cada segundo de vida porque sabía que era corto su tiempo pero sus hijos no hicieron caso a sus suplicas y lo llevaron en silla de ruedas como si fuese un objeto que desechar.

Desde que murió su esposa, sus hijos se habían encargado de vender la casa donde había transcurrido gran parte de su vida, aquella donde se formó su familia y le aseguraron que lo hacían para no dejarlo solo. Los primeros años lo cambiaban constantemente de residencia, de un hijo a otro se fueron distribuyendo la responsabilidad tortuosa que era cuidar a un anciano.

Don Pablo se sentía un poco agotado, si tan solo se hubieran detenido a escucharlo antes de llevarlo a ese asilo. Desde el primer día que lo dejaron allí abandonado se sintió muy triste, era testigo de su propia desaparición al verse reflejado en los ojos perdidos de los demás abuelos. Entonces ya no quiso comer, todo le sabía igual, a nada.

Se negaba a salir de su habitación y aunque el sitio tenía todas las comodidades, carecía de lo más importante, la compañía de sus seres especiales. Sin ellos la vida parecía no tener sentido y es por esa razón que prefería observar a través de la ventana.

Nunca había caído en ese agujero oscuro llamado depresión y ahora estaba en el fondo sin ánimos de levantarse. Lentamente era arrastrado y sepultado sin posibilidad de salir, ya no podía escapar. Nunca recibió visitas ni llamadas de sus hijos, sus nietos no parecían saber de su existencia y entonces se hizo invisible.

Cuando Don Pablo era apenas un niño, soñaba con volverse invisible, lo veía como un superpoder en ese entonces. Podía hacer lo que quería, comerse todos los helados y dulces sin ser castigado por sus padres, pero jamás imaginó en ese momento que a veces nuestros más anhelados sueños pueden transformarse en pesadillas y volverse monstruos.

Una mañana soleada de primavera, Don Pablo dejo este mundo. Lo hizo mientras dormía, así lo encontró su cuidadora personal. Era común tener este tipo de encuentros fugaces con cada uno de los abuelos que ingresaban en el asilo.

Su cuidadora era una buena persona, aunque era común para ella ver este tipo de decesos sentía un cariño especial por Don Pablo. En esos cortos dos meses, se dio cuenta, que se sentía muy triste y trato en varias oportunidades de comunicarse con sus familiares para notificarles la situación pero cada uno de sus intentos fueron fallidos.

Ella sabía lo que la depresión era capaz de ocasionar y por eso insistía cada día, pero fue inútil. En el momento que se encontraba en la habitación de Don Pablo recogiendo sus pertenencias se percató de la existencia de un pequeño sobre debajo de una de las almohadas. Su respiración se contuvo un instante y lo tomó entre sus manos.

Le daba mucha pena el triste final de aquel abuelito porque sabía lo que estaba sufriendo mientras estuvo encerrado en su habitación. Fue por esa razón que no descanso hasta entregar esa carta a uno de sus seres queridos.

Sus primeros intentos fueron un total fracaso. Insistió cada día durante tres meses hasta que recibió una respuesta de uno de los nietos de Don Pablo. Su nombre era Agustín y era un visitante ocasional, pues hace muchos años se había ido a estudiar a otro país, pero recordaba a su abuelo Pablo y al enterarse de su muerte y de la existencia de la carta no dudo en presentarse en el asilo.

Aún no entendía como sus propios padres se habían olvidado de él. Era una situación muy lamentable y sentía mucha vergüenza. Cuando Agustín recibió aquella carta sintió mucha nostalgia y le pidió a su cuidadora que por favor esperara. De esta manera y en su presencia procedió a leer lo allí escrito:

«Hijos míos, familia de mi corazón, les escribo estas líneas para que sepan que a pesar de encontrarme aquí en este lugar, cada día y cada segundo de mi vida nunca he dejado de pensar en ustedes. No importa la distancia física, mis recuerdos se encargan de dar la fuerza suficiente a mi corazón para latir y llenarse de vida.

Solo espero que algún día al atravesar esa puerta pueda tener la dicha de ver sus rostros nuevamente y llenarme con sus sonrisas. Que tengamos esa oportunidad de compartir otra vez juntos como una hermosa familia y dejemos por un momento a un lado nuestras obligaciones, esas que aparecen constantemente y en algunos casos nos hacen olvidar nuestras raíces.

Esperaré con gusto sus respuestas y eso me dará un excelente motivo para despertar y reunirme nuevamente con ustedes.

Con amor, Pablo».

En ese momento Agustín se quedó sin palabras y al levantar su rostro, comenzó a llorar, era inevitable.

Con mucho pesar, abandonó aquel triste lugar y mientras caminaba a través de sus pasillos podía ver en los ojos de cada uno de aquellos ancianos, la tristeza y soledad de seres abandonados y en el olvido.

Esta vez no fue a su casa. Llamó a sus padres y aprovechó que se encontraban reunidos con sus tíos celebrando el éxito de un nuevo proyecto para leerles la carta de su abuelo Pablo. En ese momento y a pesar de la tristeza que le daba volver a leer aquellas líneas era lo menos que podía hacer. La familia debía escuchar el mensaje para no volver a repetir la historia.

Todos quedaron en silencio y no pararon de llorar, se sentían muy mal por abandonar a Don Pablo de esa manera, después de todo lo que había hecho por ellos, pero ya era muy tarde. Nunca más tendrían la oportunidad de darle un abrazo o de darle la compañía que necesitaba.

La familia en ese momento era lo más importante y debían mantenerse unidos. De esa manera honrarían la memoria de Don Pablo. Nada estaría perdido y a pesar del dolor que sentían por haber actuado tan mal, tenían la oportunidad de mantenerse unidos.

Todos quedaron muy sorprendidos con el mensaje de aquella carta que Don Pablo escribió sin saber que ese sería el último día de su vida, principalmente su nieto Agustín, quien desde ese mismo día se dispuso a siempre llamar y estar pendiente de sus seres queridos.

No quería que el tiempo transcurriera sin hacerles saber que nunca dejaría de amarles. Desde ese momento y como lo hubiese querido su abuelito, la familia era el más grande de sus tesoros y estaba dispuesto a entregarle el valor y protección adecuado antes de que fuese demasiado tarde.