Siempre consideré de una mayor importancia mis últimos minutos de sueño. Para cuando mis ojos lograban despertar, disponía de quince minutos para vestirme, masticar algo rápido y salir corriendo a la parada para tomar mi transporte.
Era típico eso que decían que mientras más cerca nos quedaba la universidad, más tarde llegaríamos a ella. Cinco minutos era el tiempo que me tomaba llegar de la casa a la universidad.
Cuando al fin mis pies descendían de aquel autobús, sentía que mi cuerpo caminaba por sí sólo, entonces cuando mi cara lograba por fin levantarse, veía a mi amigo Frank. Siempre teníamos la costumbre de caminar juntos y acompañarnos en diferentes momentos del día.
Aquel día era diferente, Frank no iba al lado mío como de costumbre, yo iba caminando detrás de él, siguiendo sus pasos. Entonces mientras lo veía caminar, sucedió algo de lo que no me había percatado.
Me di cuenta que Frank tenía una postura asombrosa, su cuerpo no lo llevaba a él. Tenía una alineación casi perfecta entre las tres curvas de su columna, que me hacía sentir incómoda con mi forma de desplazarme.
Traté en vano de enderezarme y seguirle el ritmo al caminar, pero era increíble, mientras más lo intentaba más me sentía doblada y fuera de lugar.
Mientras lo veía, recordé su pasión por la danza. Pero no una danza cualquiera. Frank había encontrado la forma de comunicarse a través de un lenguaje olvidado en el tiempo.
A través de la danza contemporánea buscaba transmitir música con sus movimientos. Al verlo caminar entendí en cada paso que daba, que nuestro cuerpo es un instrumento poderoso para comunicarnos.
De pronto un papel se escapó delicadamente de sus manos, y mientras se agachaba a recogerlo, recordé una de sus presentaciones y el verdadero significado de la elocuencia.
Lo vi emplear una de sus técnicas para expresar a través de un solo movimiento, el sentimiento más poderoso que un ser humano puede tener y que a diferencia de lo que pensamos no es el amor.
Es el temor a perdernos y perder a los que amamos en el camino, lo que nos da una fuerza que jamás pensamos tener. Desde temprana edad Frank tuvo que ayudar a su padre a luchar contra una esclerosis múltiple que poco a poco lo fue inmovilizando.
Al mismo tiempo y en contraste con este episodio, Frank parecía destacarse y agarrar fuerza en cada uno de sus movimientos. Era mágico ver cómo contaba una historia a través de los movimientos de su cuerpo, en los escenarios y fuera de ellos.
Mis ojos seguían sus pasos sin darse cuenta de la proximidad real a su espacio. Él se giró suavemente y allí estábamos frente a frente, escuchando el sonido de nuestra respiración.
— Frank, ¿me enseñas a caminar?, dije. Él se sonrió, y no estoy segura si lo dijo con palabras o con movimientos, pero lo escuché.
— El primer paso es mejorar tu postura, y para mejorar tu postura debes aprender a respirar. Me dijo, mientras con su mano derecha rodeaba mi espalda y con la otra tomaba firme y delicadamente mi cabeza.
— ¿Cómo?, yo sé respirar, dije levemente conteniendo el único rastro de aliento que parecía quedar en mi cuerpo. El leve roce de sus labios con los míos me generó una especie de descarga eléctrica.
Allí en mitad de las escaleras, donde parecía detenerse el tiempo, me dijo:
— Ahora sí, respira.
Y desde ese día no solo he aprendido a respirar, también he aprendido a amar la destreza de mi cuerpo y cada uno de los pasos que doy al caminar.
