Vivir

¿Cuál es tu prioridad mañana?

—¿Quién es el niño en la fotografía papá?

Ese día me levanté temprano, no fue necesario mirar a través de las ventanas para percatarme que era un día lluvioso de mediados de invierno. El pronóstico del tiempo en el día anterior, se había encargado de recordármelo, pero no estaba acostumbrado a los días nublados y los tonos grises.

Hacia mucho frío, mi nariz y los dedos de mis manos se encargaban de recordármelo a cada segundo, ya habían transcurrido más de dos horas desde que tomé la iniciativa de activar la calefacción y todo seguía frío en la casa.

Sabía que debía darle tiempo pero me desesperaba el frío. A veces olvidaba lo afortunado que era al tener este tipo de dispositivos. Gracias a ellos tenía la libertad de caminar sin tantas capas de ropa encima. Ya no me sentía como un oso polar por lo menos, solo debía esperar unas pocas horas y listo. La paciencia era una de mis mejores virtudes.

A mi esposa y a mí se nos había olvidado esa extraña y añorada sensación de levantarnos tarde un domingo nublado. Cuando se tiene una personita de seis años recién cumplidos y con una fuente inagotable de energía no existe ningún espacio o motivo para levantarse un poco más tarde de lo acostumbrado. ¡Las prioridades cambian!. Nuestro hijo era un torbellino infinito de preguntas e incógnitas esperando por respuestas.

En respuesta a su pregunta:

—Ese Niño en la fotografía soy yo hijo mío.

—Si papá, yo sé quién eres tú en la foto. Yo me refiero al niño que va adelante, ese que no tiene zapatos y va ganando la competencia. El de la mirada de puma—me contestó, mientras abría un poco más de lo normal sus grandes ojos color café.

En ese instante lo supe. Sabía que, en algún momento de mi existencia, aquella pequeña criatura de mirada curiosa y mente desbordante me realizaría esa pregunta, y es que, era inevitable ver la foto y omitir esa interrogante. La foto estaba colocada allí para recordarme muchas cosas importantes y necesarias a lo largo de mi vida.

El nombre de aquel niño era Amal. Cuando yo tenía ocho años, uno de los eventos más importantes y esperados en mi escuela era la competición anual de ciclismo de los Altos de Khar. Así era el nombre del pueblo donde me crié y donde tuve la dicha de conocer a tu madre.

Los Altos de Khar era un pueblo pintoresco que tenía todo lo necesario para vivir en armonía. Tenía una gran escuela, hospitales cercanos y las mejores pastelerías de la zona. Sin embargo, entre sus habitantes era inevitable no percibir la gran diferencia de condiciones socioeconómicas. Era algo muy parecido al clima del desierto, durante el día las temperaturas sobrepasaban los límites soportables de calor y cuando llegaba la noche la temperatura descendía a límites inferiores. Eran extremos y ambos ocurrían en un mismo espacio.

La Competición anual de ciclismo era una gran oportunidad para que muchos niños del pueblo, desprovistos de los recursos económicos necesarios, mostraran sus habilidades sin importar sus condiciones, el reglamento permitía la participación libre y a su vez fomentaba la inclusión de todos los niños. En ese entonces, yo era un pequeño afortunado. Mis padres tenían muchas posibilidades económicas, y además del adecuado amor, nunca me llegó a faltar nada.

Pertenecía a ese grupo de niños que tenían la capacidad de asistir a su escuela con todos los útiles escolares requeridos, una adecuada alimentación para satisfacer mis necesidades nutricionales y un uniforme nuevo y limpio. Sin embargo, en mi propia escuela era testigo de otras realidades. Y reconozco que no preste la debida atención a ellas en un principio: No todos mis compañeros de estudio tenían las mismas oportunidades.

Habían niños que no tenían a su madre, otros no tenían un padre a su lado, y estaban aquellos a los cuales la vida les había arrebatado sin intención aparente, a su madre y padre. Estaban en este mundo prácticamente solos, y a pesar de todo, se levantaban bien temprano día a día, sin ningún tipo de quejas, superando obstáculos y encontrando el final del camino.

Un camino que en la mayoría de los casos estaba lleno de escombros y piedras de diferentes tamaños. Ellos se encargaban de apartarlas una a una, derribar muros e ignorar miradas y palabras indeseadas. Para otros llegar al final de ese camino era muy fácil, para ellos costaba un poco más pero valía la pena hacerlo.

Amal era uno de esos niños y debido a su situación, la mayoría de las veces era motivo de burlas de parte de sus compañeros más cercanos y otras personas un poco mayores. Al parecer no estaban en la capacidad de entender las razones de lo que sus ojos veían.

—¿Y por qué no le preguntaban las razones a sus padres?—me preguntó mi pequeño hijo.

—En mi caso preguntaba las razones y afortunadamente heredaste eso de mi. Me gusta ver en tus ojos esa capacidad—le respondí alegremente.

Mi hijo siempre tenía esa curiosidad por las cosas a su alrededor, se podía percibir eso en cada uno de sus movimientos y forma de actuar, era algo que no podía evitar e inmediatamente al responderle su pregunta, salió corriendo rápidamente al baño para mirar sus ojos en el espejo. Luego regresó apresuradamente para decirme que la forma de sus ojos era igual a la mía pero su color no. Mis ojos eran de color verde y los de él café.

Luego de explicarle que nuestros rasgos físicos no definen nuestras cualidades internas, le seguí contando la historia de aquel niño llamado Amal: Mi antiguo compañero de estudio.

A pesar de vivir muy lejos de la escuela, Amal siempre era uno de los primeros en llegar. Tenía un gran impulso y determinación que lo hacía destacarse a donde fuera, y en numerosas ocasiones al mirarlo a los ojos, la gente olvidaba el aspecto de sus ropas y su cabello descuidado.

Todos tenemos en nuestras vidas algo que nos apasiona y nos motiva a seguir adelante, a veces tardamos en darnos cuenta cuál es esa fuerza que nos impulsa a seguir. Amal lo tenía claro, el amaba manejar su bicicleta. Con trabajo duro y muchos sacrificios había reunido para comprarse su propia bicicleta y estaba decidido a participar en la competencia.

El día de la competencia el sol estaba en su punto más alto, era casi imposible mirar al frente y no achicar tus ojos para minimizar el impacto de los rayos solares. El solo recuerdo de ese día me hace sentir calor y olvidar el frío que estoy sintiendo en estos momentos. Me provoca quedarme unos segundos más en esa montaña.

Mis padres eran muy minuciosos con las protecciones y equipos de seguridad. Desde el casco hasta la punta de los pies era casi imposible salir lastimado en caso de una caída inesperada. Me gustaba manejar bicicleta, pero no era mi pasión, no sentía que mi corazón latiera más fuerte al montar mi nueva bicicleta, mis pies no tenían el impulso necesario para cruzar airoso la meta.

Uno a uno mis compañeros fueron llegando, de no haber sido por mis lentes era muy difícil distinguir el uno del otro. Ese día Amal tardo un poco, nadie estaba preparado para verlo llegar de esa manera. Estábamos acostumbrados a verlo llegar siempre de primero a la escuela y se esperaba lo mismo en la competencia.

De pronto, todos se quedaron en silencio. Amal apareció con su vieja bicicleta y sin ningún tipo de protección, no tenía un casco para cubrir su cabeza, ni la ropa adecuada y peor aún no tenía zapatos. Su sola presencia fue motivo de burlas y risas por parte de la mayoría de sus compañeros. Debo confesar que a pesar de no compartir ese tipo de burlas ni ser partícipe de las habladurías y juicios insanos de la gente, su presencia me impactó.

En algún momento pensé en buscarle unos zapatos, al menos para evitar dañar sus pies al comenzar, pero no había tiempo para eso, la competencia estaba por comenzar. Todos se ubicaron de acuerdo a sus posiciones, a la espera de la señal. Y entonces todo comenzó.

A pesar de no ser una de mis pasiones, podía sentir la adrenalina en mi cuerpo en cada pedaleó, era uno de los primeros y sentí que podía ganar. Había recibido el entrenamiento adecuado durante años y mi bicicleta era una de las mejores para facilitarme el camino. Nada podía detenerme, podía sentir la victoria a pocos metros. Eso pensaba.

Los segundos se convirtieron en minutos y entonces el mismo silencio que antes había presenciado volvió a sentirse. Era curioso como podía escuchar el ruido del silencio en mis oídos. Escuché su respiración, vi su sudor caer y muy abajo sus pies descalzos ardiendo con la fuerza de un motor. Era Amal.

Todos quedaron mudos viéndolo liderar el camino. Era asombroso verlo marcar las ruedas a su pasar, en ese momento y en muchos otros a lo largo de su vida no importaban los malos juicios hacia su persona y forma de vivir. La determinación se encargaba de cerrar bocas y oídos.

Ese día Amal ganó la carrera y no solo eso. Desde ese día se ganó el respeto y admiración de todos en el pueblo. Esa foto que tengo, fue tomada por mi padre y estoy seguro que aún sigue recorriendo el mundo.

—Waooo, ¿Mira sus ojos papá?.

—Si hijo mío. En ese momento no pude verlos directamente, pero es la misma fuerza que tenía al llegar cada día al salón de clases.

Amal ganó merecidamente ese día y recibió el apoyo de muchas personas. Con el tiempo se convirtió en un gran corredor de carreras a nivel mundial. Su determinación y trabajo duro lo catapultó a los primeros lugares. Con el dinero obtenido y los múltiples beneficios de sus victorias hoy es un importante miembro de una fundación dedicada a prestar la ayuda y apoyo necesario a niños que al igual que él, nunca han desviado su mirada de sus prioridades y objetivos de vida.

Gracias papá por contarme la historia de Amal y su recorrido antes de llegar a la meta.

Gracias a ti hijo por escucharme.

La casa al fin estaba caliente, se podía sentir una temperatura agradable y al abrir las cortinas se podía apreciar como los tonos grises comenzaban a despejarse con la presencia del sol.

Cada vez que siento, que por alguna razón tuve un mal día, miro la foto y recuerdo la mirada de mi viejo compañero. Es un gran ejemplo para seguir adelante.