La Criatura

El Etham, así llamaban a la criatura que habitaba aquella pequeña ciudad envenenada y en ruinas, que ningún ser viviente se había atrevido traspasar. El tiempo parecía habérsela tragado y en su lugar, solo se encontraban las ruinas de una antigua civilización.

Del otro lado, todo era un montaje para engañar a la naturaleza y acumular unos aros de luz a costa de su destrucción. Lentamente, aquellos seres despiadados sin nombre se habían encargado de destruir lo que parecía ser real. Solo les interesaba acumular suficientes aros de luz para conectarse con ese mundo irreal creado por ellos.

El día que El Etham rompió las paredes que lo mantenían aislado del mundo exterior, tuvo que confiar en el único sentido capaz de mantenerlo con vida: el sentido de la supervivencia. Se sentía bien y con la energía necesaria para explorar su entorno pero en su pequeño cerebro no lo tenía todo claro, le faltaba aclarar algunos hechos para restaurar el orden de aquel lugar.

En el interior del huevo que recubría su pequeño cuerpo había encontrado las explicaciones necesarias para enfrentarse a ellos. Alimentarse no era tan difícil como lo imaginaba y tenía a su disposición una enorme cantidad de girasoles para abastecer su pequeño cuerpo en crecimiento. Pronto tendría que cambiar su forma de alimentarse.

Al tercer día, y gracias a que disponía de ambos órganos reproductivos para multiplicar su existencia, puso un huevo. Lo resguardó entre una multitud de girasoles y sin mirar atrás, se propuso cruzar la línea que lo llevaría a encontrar nuevas fuentes de alimentación.

Pero para salir de su pequeño lugar debía cruzar un gran río, y como carecía del sentido de la vista, tuvo que desarrollar sus otros sentidos de manera desproporcionada. En ese momento, al sumergir su cuerpo en aquel río, deseó tener un sentido menos. Su poderoso olfato lo hizo probar el hedor nauseabundo que despedían aquellas aguas. Era verdaderamente insoportable.

Con mucho cuidado y apartando una enorme cantidad de seres en descomposición que impedían su llegada, logró cruzar el río.

Al colocar sus patas en aquel nuevo lugar, comenzó a sentir que su piel se quemaba lentamente. Estaba seguro que regresar al río en esas condiciones no era una opción. Debía alimentarse rápidamente para asegurar su existencia y regresar por el huevo que había creado. La tierra estaba vomitando fuego y debido al calor que generaba, la piel que lo recubría se desprendió.

En pocos minutos, aquella piel caída volvió a regenerarse y con esta ventaja de la naturaleza, continuó su camino. Con la agilidad de sus ocho patas trepó a los árboles más altos. Su olfato aún no percibía el olor que tanto anhelaba. Algo no estaba bien y debía apresurarse. Su vida dependía de ese descubrimiento.

De pronto, pudo olerlos. Recuperó en ese momento cada uno de sus sentidos y deseó no tenerlos. Vio los aros de luz proyectándose en el cielo y escuchó las voces que entre risas y gritos estaban siendo testigos de su propia destrucción.

Mientras tanto, a muy poca distancia, en la ciudad envenenada, una extraña criatura comenzaba a salir de su huevo.