Semillas

¿De qué maneras el trabajo duro hace que te sientas realizado?

Guama, también llamada guaba, pepeto o inga. Todo comenzó aquel día en que mi madre me dio una cesta llena de esta deliciosa fruta para que la vendiera a mis amigos en la escuela.

En aquel entonces tenía ocho años recién cumplidos, éramos muy pobres y en medio de nuestra pobreza estábamos acostumbrados a nunca detenernos, a seguir y mirar al frente.

Nunca me avergoncé de mi familia, al contrario de lo que otros pensaban. Mi mamá era una de esas mujeres que se acostaba bien tarde para asegurarse de que estuviésemos al nivel de nuestras asignaciones escolares. Ella además de acostarse tarde asegurándose de que todo estuviese en orden, era la primera en levantarse.

En mi casa teníamos un sembradío, atrás en el fondo, con una variedad de frutas como la guanábana, guayabas, naranjas, limones y guamas. Estas últimas eran mi fruta preferida y mi madre siempre me decía que llevase para el colegio y vendiera unas cuantas. Con el dinero obtenido me compraría unos zapatos.

Mi nombre es Iyali, el menor de tres hermanos y según mi mamá, era el mayor por el tamaño de mi corazón. En mi colegio me decían el indio, tenían una clara satisfacción en poner sobrenombres para dejar en evidencia sus carencias emocionales. La verdad nunca me sentí molesto, al contrario y muy diferente a lo que ellos querían, me sentía orgulloso de mis raíces, y sentía un poco de compasión por ellos. Es que debe ser muy duro y triste pretender ser parte de un origen que no existe.

Eran tiempos difíciles en el país donde nos encontrábamos, aunque nadie parecía prestar atención, los productos comenzaban a desaparecer. La situación no nos afectaba porque sabíamos como garantizar nuestro alimento independientemente de las circunstancias. Desde muy temprano y a pesar de mi corta edad recuerdo a mi padre conversar conmigo y explicarme en nuestro idioma natal, la importancia de cultivar nuestras tierras.

Siempre me decía que la tierra tiene tesoros ocultos, que al descubrirlos y cultivarlos desde la bondad de nuestro corazón seríamos muy afortunados. De esta manera crecí, aprendiendo a valorar las riquezas de nuestro suelo y afortunadamente teníamos una tierra agraciada, dispuesta a dejar crecer muchas semillas en su interior y entregarnos su fruto.

Recuerdo con claridad una vez que sin sembrar ninguna semilla, un día de entre los escombros de una construcción salió una hermosa planta. Era una planta de tomate y llegué a probar tres cargas completas de jugosos tomates. Al parecer mi madre se había lavado las manos mientras cocinaba en el fogón y sin querer una semilla salió volando de su mano. La tierra era tan fértil y bondadosa con cada uno de nosotros que hasta en medio de los escombros nos daba fruto.

Otras veces de macetas en la ventana de la cocina crecían plantas desconocidas para nosotros y nos enterábamos de su nombre al ver la flor y el fruto salir. Eran sorpresas que nos regalaba la naturaleza y siempre era un gran motivo para agradecer.

Lamentablemente mi padre falleció cuando tenía 7 años, pero nunca olvidé las enseñanzas que me dejó. Puede que mi aspecto significará para la mayoría de mis compañeros carencias materiales pero más allá de eso, estábamos concentrados en preparar nuestras bases. El tiempo se encargaría de darme la razón.

El día que mi mamá con tanto cariño me ofreció las mejores guamas para llevarlas a mi colegio y venderlas, ese día no quise arruinarle la emoción. Tomé la cesta de guamas y antes de salir al colegio, me despedí con un gran abrazo. No tenía caso en ese momento explicarle que los niños de mi colegio a veces se comportan de una manera cruel, ya era suficiente con el esfuerzo que ella hacía cada día para que a pesar de nuestra procedencia, fuéramos aceptados en el sistema educativo de un país totalmente diferente al nuestro.

Para llegar al colegio pasito de colores del cual formaba parte, debía caminar un poco más de un kilómetro, era un camino un poco difícil y casi siempre llegaba sucio, a pesar de que mi madre se encargaba de dejar muy limpio mi uniforme. Cuando ella no tenía tiempo yo lo hacía. Nunca tuve problemas en colaborar con ella en el hogar. Sabía que hacía muchas cosas porque la observaba mientras parecía un pulpo.

Era increíble verla e imposible tratar de hacer sus funciones con la misma destreza. Yo, a diferencia de mis compañeros no tenía un padre que le hiciera relevo a mi madre en sus actividades diarias, tampoco tenía la posibilidad de encontrar un transporte escolar o de otra índole para llegar a mi colegio.Por esta y otras razones, debía encontrar los medios para llegar por mi mismo.

Cuando uno es niño, es difícil que otros niños entiendan a qué se debe el estado de tu vestimenta o la forma de hablar diferente. Para mi no era tan difícil porque mi madre siempre me explicaba situaciones que me hacían entender. Eran explicaciones tan sencillas pero tan claras que no necesitaba aclaratorias.

Luego de atravesar varios charcos porque ese día casualmente el sol no me acompañaba pero la lluvia no me quizo abandonar, llegué a pasito de colores. Ya estaba acostumbrado a las miradas de mis profesoras, ellas veían a través de mi calzado lo que querían descifrar en ese momento, pero con el tiempo había aprendido a interpretar aquello que enseñaban los ojos y el arco de la ceja. Era lo único que quedaba en las caras, lo demás permanecía oculto la mayor parte del tiempo debajo de la incómoda pero necesaria mascarilla.

Llegó la hora del receso, ese recreo donde todos salían al patio y tenían la oportunidad durante un par de minutos, de compartir algo más allá que las actividades académicas realizadas dentro del aula de clases.

— ¿Qué traes allí Indio?—me preguntó uno de mis compañeros. Alfonso era su nombre, mientras trataba de averiguar con la mirada.

— Hola Alfonso, son guamas que traje para vender—contesté con mucha seguridad y firmeza.

— ¿Gua qué?—me gritó Alfonso, mientras dejaba ver una mueca de burla a través de sus ojos y movimientos corporales.

— Se llaman guamas y son frutas muy sabrosas y de gran aporte nutricional y medicinal.

— Miren chicos, ahora el indio se cree vendedor de frutas. Es mejor que busques un empleo mejor, porque aquí dentro de la escuela no tienen permitido eso, me dijo mientras se alejaba burlonamente.

Ese día me enviaron con un llamado de atención a mi casa. Alfonso tenía razón, dentro del reglamento interno de pasito de colores no estaba permitido vender dentro de la zona escolar ni en sus adyacencias, y menos si se trataba de estudiantes menores de edad. Mi madre se sentía muy triste por ponerme en esa situación.

Me suspendieron por una semana, el tiempo de suspensión se junto con el periodo vacacional y cuando regresé en el nuevo periodo escolar todos los profesores parecían sorprendidos al verme. Prácticamente habían perdido el habla y se quedaron mudos, al parecer no podían entender como hice para llegar ese día al colegio.

En mi casa no teníamos la costumbre de escuchar muchas noticias o ver la televisión. Pasábamos mucho tiempo en el fondo cosechando y hablando como familia. Al parecer, existía un extraño virus que afectaba a los niños con edades comprendidas entre los cinco y catorce años de edad, y casualmente todos los niños que asistían al colegio pasito de colores se encontraban de licencia médica por presentar las consecuencias de este desagradable mal.

Todos se preguntaban porque me encontraba en perfecto estado de salud. No se lo imaginaron nunca, ni por un segundo llegó a pasar por sus mentes que el secreto de mi buena salud se encontraba en aquella extraña vaina con sabor dulce y aspecto algodonado que tanto me gustaba: La Guama.

Y esto no lo supieron inmediatamente, pues ellos no sabían sus aportes curativos y nutricionales. La guama era difícil y costosa de conseguir, pero mi familia y yo teníamos muchas plantas sembradas. Aproveché mi gran momento de gloria, porque así me había enseñado mi padre a decirle a este tipo de situaciones inesperadas pero gratificantes, y les dije el motivo de mi maravillosa salud.

El motivo de mi inmunidad al virus que afectaba en ese momento a todos mis compañeros, era aquel por el cuál recibí no solo burlas de la gran mayoría de ellos, sino también una suspensión escolar por parte de los profesores: La Guama, esa fruta era el principal motivo.

Desde ese momento todos querían mi fruta preferida, ya no les importaba cumplir con el reglamento con tal de encontrarse sanos nuevamente. Dejaron de gastar grandes cantidades de dinero en costosos medicamentos que no garantizaban un buen estado de salud y querían mis guamas.

Mi madre comenzó a recibir grandes ofertas por el suministro de guamas, y en ese momento sin sospecharlo recibimos mucho dinero. La gente comenzaba a interesarse en cultivar sus propias plantas y pagaban por tener el conocimiento. Después de todo, era salud, y no había una cosa más importante en la vida que estar saludables.

Con el dinero obtenido mi madre mejoró las condiciones de nuestra casa y siguiendo los consejos de personas indicadas, en poco tiempo ampliamos nuestros sembradíos. Ya no soy aquel niño al que veían extrañamente y llamaban el indio debido a su procedencia.

Soy el dueño de varias empresas importantes a nivel nacional e internacional. Con ayuda de mis hermanos y de la mejor guía que pude tener, mi mamá, hemos crecido mucho. Continuamos siendo los mismos, pero nos ven distinto.

Yo por el contrario los sigo viendo igual que antes. Alfonso es uno de mis mejores trabajadores, a veces al hacer las reuniones de ejecutivos, al salir, bromeamos de ese día en el que llegué con mi cesta de guamas. Aún conservo esa cesta y mis zapatos, es mi recordatorio para nunca olvidar quien soy y de donde vengo.

Mi padre tenía razón y ahora estoy seguro que su legado vivirá eternamente entre nosotros.La tierra guarda muchos tesoros, pero el más importante de todos es aquel que llevamos adentro de cada uno de nosotros, es allí donde se encuentra la verdadera riqueza y la capacidad para proyectar nuestros sueños a través de la realización de buenas acciones.

Ahora me veo en los ojos de mis hijos y ellos se ven en los de mis nietos. Y así se siente bien crecer, sin romperse nunca y dejando frutos a nuestro pasar. Las semillas están listas para salir y estoy seguro que estaré allí para verlas crecer.