Es solo un nacimiento: el llanto, la alegría, el miedo. Algo nuevo y desconocido que comienza mucho antes de que sus ojos vean el mundo por primera vez.
Le pones un nombre, lo ves crecer lento y luego rápido, hasta que deseas no sentir el paso del tiempo. Quieres congelarlo todo, detener los instantes y soltarlos a tu antojo, pero no puedes.
Ahora tienes miedo. Hay una sentencia que se acerca, un día en que mirarás a través de un recuerdo. Entonces decides escribirlo, prolongar el nacimiento en otros ojos, en otros cuerpos. ¡Que viva eternamente!
Hace más de cuatro años mientras me encontraba caminando por una de las calles favoritas de mi vida, nunca imaginé ver algo tan impactante. Había un perro de la calle con evidentes signos de desnutrición, comiéndose otro perro. Este otro perro estaba muerto y en descomposición. Soy una persona muy sensible y tanto las imágenes como las palabras, influyen enormemente en mi modo de actuar.
No tardé más de un mes en irme de mi lugar. Ese donde nací y viví los momentos más felices de mi vida. No quería que mi hijo, al caminar por esas calles, fuese testigo de algo que en su momento, me hizo sentir un nudo en la garganta.
Esa sensación de tener la emoción atrapada y queriendo estallar no solo la he experimentado con situaciones desagradables. Hay momentos que son capaces de generar todo lo contrario. En esto debemos enfocarnos.
Tuve la oportunidad de escuchar una grabación de una conferencia realizada en Monterrey, México en el año 2017, llamada el arte de leer de Rosa Montero, en donde pude visualizar claramente mi experiencia. Ella, Rosa Montero, supo poner las palabras a lo que no tiene nombre.
A partir del siguiente ejemplo, puso en evidencia lo que ella definió en su momento como el sentido de la belleza en el sin sentido de la vida:
«Una mujer llamada Julia vivía en una casa situada enfrente de un convento de monjas de clausura, vivían encerradas y no salían de allí. Julia vivía en un tercer piso enfrente de ese convento del siglo XVI. Iba todos los fines de semana a ese convento a comprar dulces.
Durante años, Julia iba a comprar dulces, pero solo tenía contacto con la hermana portera del convento a través de una ventanilla de la puerta grande de madera. Ponía el dinero en esa ventanilla y recibía los dulces.
Con el tiempo, se hizo amiga de la hermana portera. Un día, Julia le dijo a la hermana del convento, que ella vivía en la casa situada al frente del convento, en el tercer piso y que si quería salir algún día al mundo exterior, ella se encontraba a su orden. Cualquier cosa, desde una carta a algún familiar o simplemente para salir de allí. —Muchas gracias—dijo la monja.
Pasaron tres meses, tres años, treinta años. Un día, después de treinta años, tocaron a la puerta de Julia y al abrirla, estaba una monja anciana de muy avanzada edad.
—¿Es usted Julia?, yo soy la hermana portera. ¿Me dejaría asomarme a su ventana?—preguntó. —Claro—respondió Julia.
Julia la condujo por el pasillo y se pusieron a mirar el convento.
—Es hermoso ¿Verdad? —Si, es muy hermoso.
Luego de eso, la monja regresó al convento para no salir nunca más».
Le gustaba salir y tomar el receso. Todo su cuerpo estaba alineado para sentir esa hora. Las 9:30 a.m. Números que fueron transformados en letras por Helena, ahora le pertenecían.
Era su dueña e inevitablemente lo hacía olvidar su entorno.
Caminaba despacio, casi en cámara lenta, con pisadas de gato. No veía el árbol que con su sombra le acariciaba la piel. Le resplandecía el ser, pero no lo notaba. La veía a ella, solo a ella.
El calor del sol lo llevaba dentro y le traspasaba las mejillas. No estaban solos pero se sentían únicos en ese mundo. Lentamente sus latidos comenzaron a sincronizarse con su respiración.
Helena continuaba sentada en aquel banco y lo miraba. Él saludaba a todos pero solo podía fijar su mente en ella.
Se acercó y al levantarse. En ese momento sintió que había aprobado con honores todas las materias de ese último año escolar: La física, la química, deporte, biología, lenguaje, matemática y la misma historia hallaron explicación al rozar intencionalmente aquellos labios.
Los latidos de sus corazones explotaron, se quemaron hasta desvanecerse y encontrarse nuevamente a la hora sin números del siguiente día.
Han pasado tres años desde que decidí salir y liberarme del único lugar donde llegué a sentirme seguro. Una puerta mal cerrada y una pequeña fiesta fue todo lo que necesite.
El primer año fue uno de los más difíciles, además de sentirme usado, fui maltratado física y emocionalmente, para luego ser abandonado a mi suerte. Una extraña enfermedad al nacer me impedía procrear.
En el segundo año me convertí en amigo de las calles, llegué a formar mi propio círculo de amigos, y en cierta forma me ayudaban a defender mi territorio.
Fue en el tercer año, cuando ya no tenía las fuerzas para continuar con esta nueva vida, que de pronto escuché tu voz desde ese pequeño auto en movimiento. Mi cerebro la reconoció de inmediato pero mi cuerpo corrió con todas sus fuerzas, hasta que finalmente nos encontramos nuevamente.
— ¡Firulais!, ¿Eres tú?, me dijo mientras me tomaba cuidadosamente en sus brazos.
La puerta nunca se abrió, la fiesta se terminó y sobre las curvas de tu guitarra mi perro amor se domó.
Puedo sentir el fuego quemando mi cuerpo, las punzadas me dificultan la respiración. Me contengo y saco mi último aliento. Empiezo a volar y me veo. Me veo como nunca antes.
Estoy hermoso, delicado e indefenso. Mi presencia te opaca y desnivela el amor que sientes por mí. El cielo.
El cielo ya no tiene el mismo color, ese que me hacía estremecer al mirar hacia arriba. Cambió su tono cálido y tierno por uno más frío. Y aún así me gusta ver mi cuerpo inmóvil a través de la ventana.
Aquí donde estoy puedo brillar. Siento pena por ti y tus ansias de mi. No mereces tenerme a tu lado. No quiero volver. Me niego a fundirme y dejar de ser.
El día que te conocí no pensé en tí, solo quería romperte y construirme con los pedazos de tu piel. Pero ya estabas roto. Te adueñaste de mi mente y sin darme cuenta ya no tenía un cuerpo para escapar.
Y aún así. Lo hice. Aquí estoy, en otra forma y otro color.
Ese día lo sabía. A pesar de que mi cuerpo contaba los segundos para una nueva respiración, mi mente aislada de las sensaciones me levantaba con más fuerza que mis piernas.
Es imposible describir la música que parecía generar aquel lugar, la mejor composición jamás escuchada.
«Necesitarás oxígeno mucho antes de llegar a la cima», me decían. Eso no limitó mi avance.
Suave y peligrosa, así la escuchaba venir.
Aún así no me detuve, sentí calor y recordé que debía amarte sobre todas las cosas.
Te contemple solo para mí y no para el resto. Blanca y pura en mi última aventura.
Inspirada en la canción Dos camas y una máquina de café de Savage Garden
Mientras su sangre tiñe de rojo el volante al girar. Bruscamente salta y esquiva una nueva zanja. Puede escuchar el llanto de su hijo menor en el asiento trasero pero con cada kilómetro recorrido parece disminuir.
Ella no ve la oscuridad que la envuelve. Está concentrada en la luz del camino. Y se mueve, se mueve lo más rápido que puede. No siente los vidrios rotos clavados en sus manos, no puede ver los moretones a través del retrovisor.
Le queda muy poco tiempo para borrar las huellas y volver. Debe volver porque lo necesita para vivir. Los niños necesitan un padre a su lado. No puede imaginarse la vida sin él, y aún así necesita alejarse un tiempo para sanar.
Ellos no escuchan los gritos. Los dulces y golosinas les hacen olvidar las pesadillas, el agua que brota de sus ojos se encargará de limpiar cualquier rastro de alma herida. ¿Acaso algún día dejará de esquivar zanjas?. El agua parece arrastrar el dolor, pero no se lleva los recuerdos. Estos se clavan en su mente y la acuchillan desde adentro.
¡Luzy despierta!, Luzy abre los ojos, se dice a ella misma, mientras pisa el acelerador. Lo pisa lo más fuerte que puede y su cuerpo siente ganas de vomitar. El sabor a metal la hace retener aquella fuerza nauseabunda que quiere salir de sus entrañas. Y no logra salir.
Una señal de parada y baja del auto. Ya no quedan obstáculos en su camino, ha encontrado una fortaleza para escuchar el silencio. Dos camas y una máquina de café, es todo lo que puede ver al cerrar la puerta.
El ruido de las sirenas la aturde, pero se siente bien estar allí. Ellos no escuchan sus gritos, se los ha tragado.
Ella no volverá, lo sabe al mirar su reflejo en la ventana.
A veces al despertar se me olvida que han pasado muchos años. Es un viaje en el tiempo, me desconecto y me levanto de un salto. Regresar duele y mis huesos lo sienten, ellos hacen que recuerde en qué año y lugar de mi vida me encuentro ahora.
— Holaaa Doña Gadea—me dijo la conserje con una gran sonrisa. — Hola, Buen Día—le respondí, mientras extendía mi brazo para obsequiarle mi presente del día. — Gracias Doña Gadea, que le vaya bien—dijo muy animada, mientras guardaba con gusto las frutas de temporada que le entregué.
Salí un poco apresurada, no sentí vergüenza al no recordar el nombre de la conserje. Lo que si era imposible de olvidar, era el sabor extraño del membrillo. Muy diferente a las guayabitas sabaneras de mi país natal. Respiré profundo y seguí mi camino, envuelta en el dulce aroma de una lejana experiencia.
Me incomodaba apartar las hojas de los árboles que caían a mi pasar, del otro lado de la calle, me distraía viendo a los niños jugar con ellas, en lo que parecía ser una especie de danza ancestral. El dolor en mis articulaciones me hacía retomar mi camino.
Solo podía escuchar el sonido de la brisa fría que anunciaba un nuevo cambio de estación, pero de pronto empezaron a ladrar todos los perros de la calle. Era extraño porque no escuchaba ningún sonido de sirenas de bomberos o cualquier otro ruido que pudiese alterarlos.
Delante de mi, a pocos pasos, pude ver a una señora mayor con su columna muy doblada que a duras penas podía caminar bien. Se notaba el esfuerzo que hacía para dar cada paso.
Al pasar por su lado, me estremecí al ver que uno de los perros se escapó de las casas, y me asusté, me asusté mucho. Cuando pensaba que ya mi miedo se había disipado, me encontré con el rostro de aquella señora.
Nunca en toda mi vida había visto una mirada con tanto odio acumulado. No sé cuánto tiempo pasó, me parecía eterno ese encuentro. Puedo asegurar que vi sangrar sus ojos y seguí. A mis espaldas podía sentir aún aquella extraña energía que me gritaba:
— ¡REGRÉSATE A TU PAÍS EXTRANJERA!, ya no soportamos a uno más de ustedes aquí. No entendía porque me decía tantas cosas, pero si comprendí el ladrar y la alteración de los perros a su pasar.
Cuando estaba por llegar a mi destino, justo en la esquina, hubo una situación que me hizo disminuir el paso. Una joven que vendía panecillos le estaba obsequiando a otro vendedor ambulante de caramelos un plato de comida. Se notaba que tenía días sin comer.
Ella le preguntaba si tomaba café, mientras él un poco apenado le respondía que no, y le entregaba un caramelo.
Ambos hablaban idiomas distintos, no se entendían con palabras pero si con gestos. Respiré hondo y con una sonrisa continué mi camino. No he vuelto a escuchar a los perros ladrar y tampoco he visto ojos llenos de sangre.
Hace mucho tiempo, existía en lo alto de unas montañas una pequeña ciudad a la que llamaban La Cumbre de la felicidad. En esa Cumbre solo habitaban niños.
Por alguna extraña razón los adultos no podían vivir en ese lugar. A sus pequeños habitantes no parecía preocuparles aquella situación. Sus arboles se encargaban de proporcionarles los alimentos necesarios y más que eso, parecían alinearse con los distintos elementos, y entre todos, crear la armonía necesaria para vivir plenamente.
Sergio era un niño de 12 años, era muy curioso y alegre. Un día mientras jugaba con sus amigos a las escondidas, se alejó mucho de la montaña. Fue más allá de los limites conocidos. Se encontraba un poco perdido, y no podía identificar a ninguno de sus amigos árboles.
El agua dejo de emitir sus voces y el aire no parecía indicarle el camino indicado. Era como si de repente hubiese perdido sus sentidos o capacidad para comunicarse.
De pronto, mientras intentaba seguir el rastro dejado por los rayos del sol, escuchó un extraño ruido. Era un Chucu chucu que nunca antes había escuchado. Para su sorpresa se detuvo ante él, algo parecido a unos troncos conectados entre sí.
No tuvo miedo, de inmediato lo interpretó como un mensaje de sus amigos árboles para devolverlo a la Cumbre. Tan pronto subió, escuchó una voz metálica que le dijo: Bienvenido al tren.
Algo en su rostro comenzó a cambiar, no sentía la suavidad de antes, habían crecido muchos pelos y su voz era diferente. Al mirar sus pantalones se dió cuenta que le quedaban pequeños.
Pero lo más impresionante de subirse en eso que llamaban tren, fue ver a muchos otros en su misma situación. Algo en ellos había cambiado para siempre, y su destino sería una nueva Cumbre.