
El pueblo de Arika se encontraba consternado por la terrible noticia. El señor Pablo, ese que una noche antes, se encontraba celebrando el nacimiento de su primer nieto, desapareció.
Arika se encontraba en medio de una vegetación que para muchos representaba un territorio inexplorado. En ese día en especial se unieron sus habitantes y los de otros pueblos cercanos para buscar a Don Pablo. La búsqueda debía ser realizada antes del anochecer porque según los habitantes más antiguos, nadie sabía los misterios que guardaban los árboles cuando se ocultaba el sol.
Encontraron un sombrero sucio, que según uno de sus hijos, Don Pablo llevaba puesto aquel día especial. La impotencia y la esperanza se mezclaron ante tal descubrimiento.
Por lo menos sentían que estaban cerca de encontrarlo. En algún lado tenía que estar, la búsqueda se extendió gran parte del día, y cada hora que pasaba parecía disminuir las esperanzas del ansiado encuentro.
No faltaba escuchar las historias de los viejos del pueblo, quienes decían que, por cada vida nueva, los bosques reclamaban una ya existente. Estas llegaban a oídos de los familiares de Don Pablo, quienes hacían caso omiso y continuaban en su búsqueda.
Una hora antes de anochecer, todo el pueblo empezó a gritar el nombre de Don Pablo, de esta manera aseguraban que sus oídos pudiesen encontrar el camino de vuelta.
La sorpresa llegó, cuando el falso desaparecido contestó al llamado. Acaso tenía el mismo nombre que él, o eran solo las secuelas de una gran celebración, las que sin darse cuenta, le hicieron formar parte del equipo de búsqueda de él mismo.
En ese día especial, los habitantes de Arika recordaran por siempre, el momento en que un falso desaparecido se perdió para encontrarse con él mismo.




